viernes, 23 de junio de 2017
Sin que te enteraras
miércoles, 7 de junio de 2017
Guiños
jueves, 1 de junio de 2017
Lo propio
lunes, 29 de mayo de 2017
Leyendo las líneas de la mano de mi madre
Completo en: https://www.youtube.com/watch?v=0RVrSEnutGE&t=29s
martes, 27 de agosto de 2013
Uno que dure
miércoles, 10 de julio de 2013
El hombre en la ventana
Movimiento, constante. Humo. Ruido. Luces. Y entonces, un hombre. En medio de la ciudad, un hombre se asoma a la ventana de un primer piso. Medio cuerpo inclinado hacia afuera. Ajeno a la locura.
Un hombre se asoma y el mundo se detiene; como una fotografía eterna.
Todo lo que está alrededor, el edificio, los autos, la gente; todo cobra una nitidez extraña. Una nitidez gris.
Solo el hombre permanece en colores. Una fotografía que contiene miles, más pequeñas. Un collage de artista de vanguardia. La sonrisa, una mano, cinco dedos.
Como toda una película en un segundo.
Como toda una historia en una mirada.
La imagen entra por los ojos, recorre el cuerpo, y se instala. Se convierte en una de esas imágenes que nos acompañan por siempre, que aparecen de pronto, en cualquier momento. Un hombre se asoma a la ventana, y alivia, alegra, duele.
viernes, 21 de junio de 2013
Al fumador
viernes, 4 de mayo de 2012
Reflexión a-cerca de la pareja
miércoles, 29 de febrero de 2012
Otras vidas I: Caracol y hoja.
sábado, 27 de agosto de 2011
Pequeñas historias de la gente: La voz
jueves, 2 de septiembre de 2010
El Escritor
Sin embargo, las personas que habitaban el mundo por ese entonces, habían perdido hacía mucho la costumbre de escuchar. Él sospechaba que incluso habían perdido la capacidad de hacerlo. Y esa era la razón de que el Escritor pasara desapercibido. Con suerte se lo reconocía como Juan, el empleado del banco, pero del Escritor… ni la sombra.
Los días monótonos de Juan eran sólo recompensados en aquellos pequeños momentos por las noches, cuando dejaba salir a su verdadero yo. Cuando el Escritor hacía su aparición triunfal, y plasmaba las historias, contaba la verdad. Se sentía poderoso sabiendo que tenía el destino de los personajes en sus manos. Podía moldearlos a su gusto, crearles situaciones, decidir literalmente su destino. ¿Triunfo a fracaso? ¿Vida o muerte? Pero ¿muerte siempre significaba fracaso?...
El fracaso parecía ser moneda corriente en su vida. Deseaba más que nada ver sus historias publicadas, ver triunfar al Escritor. Pero jamás lo lograba. Día tras día un nuevo rechazo. Las personas no entendían su idioma, no tenían tiempo para escuchar, y mucho menos para el que escucha. Nada más cierto: el deseo de cualquier escritor es un deseo puramente egoísta y con aspiraciones grandiosas. Desea sobrevivir, desea la inmortalidad. Busca que sus relatos trasciendan todo lo que su cuerpo no puede. Porque, si tus ideas viven, ¿quién podría asegurar que estás muerto? Es por ello que el verdadero escritor daría la vida por sus historias. Justamente porque sabe que no está realmente dando su vida, sino salvándola.
El Escritor dentro de Juan creía esto con la mayor firmeza, no cabe la menor duda. Quizás pasó años meditando sobre su decisión, o quizás simplemente se iluminó un día, y al siguiente lo hizo. Pero lo cierto es que lo hizo. El Escritor salvó su vida, elevó aquella parte de él que más valía, le consiguió un lugar en el mundo a sus historias. ¿Cómo pudo hacerlo siendo ese, como era, un mundo sordo? Los hizo escuchar. Los obligó. Gritó su historia tan fuerte, que ya nadie pudo serle indiferente.
El cuerpo de Juan fue encontrado un miércoles, flotando en la pileta del patio trasero de su casa. Rodeado de velas blancas, casi totalmente consumidas. Sobre el pasto podía leerse, escrito mediante prolijas letras de tela: “Te agradezco lector, que permites que en ti se alojen mis pensamientos y sentimientos. Debido a tu bondad he de sobrevivir”
Los medios por primera vez lo llamaron Escritor. De sus libros se hicieron cualquier cantidad de ediciones, desde simples y baratas, hasta de colección. Todas las ganancias quedaron en manos de algunos parientes lejanos, porque Juan no tenía hijos. Tenía historias, miles de historias, millones de historias. Y su mayor deseo se cumplió con creces. En el momento en que Juan exhalaba su último aire, el Escritor nacía para el éxito y la inmortalidad. El mundo escuchó.
Pero poco a poco, volvió a la normalidad. Volvió a ensordecer. Y Juan fue nuevamente olvidado. No tanto como al principio, ni tan poco como al final. Se lo recuerda en fechas especiales como aniversarios de su muerte, en algunos concursos literarios y quizás en algún pueblito, en boca de algún profesor, o de algún abuelo. Y, cada tanto, alguien recupera su historia. Irónica vuelta del destino: alguien escribe sobre el Escritor.
martes, 15 de junio de 2010
Caperucita Roja, Versionada
Volvió el fuerte leñador a su casa, y su tío le dijo:
- Fuerte leñador, debes llevarle esta canasta con carne al lobo que vive en el bosque, porque se ha enfermado y no puede cazar.
- Por supuesto – contestó el fuerte leñador, solícito.
- Pero debo advertirte dos cosas – agregó el tío, antes de que el leñador saliera de su casa – La primera es que no te desvíes del camino, ya que si la carne pasa mucho tiempo fuera de la heladera, se pudre. Y la segunda es que tengas mucho cuidado, e intentes a toda costa evitar contacto con la abuelita que anda rondando el bosque, mira que parece una anciana inofensiva, pero apenas te distraigas intentará ahogarte con un suéter.
- Dalo por hecho querido tío – contestó el fuerte leñador, y salió de su casa, en dirección al bosque.
En el bosque, el fuerte leñador iba caminando muy contento con su canasta, cuando vio que un poco más allá, desviándose
Estaba el fuerte leñador recogiendo piñas en el bosque, ya muy lejos del camino, cuando apareció la abuelita.
- Fuerte leñador, ¿Qué haces en medio del bosque, tan alejado del camino?
- Estoy recogiendo piñas – contestó el fuerte leñador, con cierta desconfianza.
- ¿y qué es ese olor tan nauseabundo que sale de tu canasta?
- Uh! ¡La carne para el lobo enfermo! – exclamó el leñador, que acababa de recordar cuál era el verdadero motivo de su visita al bosque – debía llevarle esta carne al lobo.
- ¿Y el lobo vive muy cerca de aquí? – preguntó la abuelita, interesada.
- Sí, sólo hay que retomar el camino, y cruzar el… - y entonces el fuerte leñador, un poco tarde, se dio cuenta de con quién estaba hablando.
- ¿Cruzar el…?
- No debo hablar contigo, mi tío me dijo que eras mala – aseguró el fuerte leñador.
- ¿Acaso crees que yo podría causar algún daño a un fuerte leñador como tu, o a un lobo? Mírame, no soy más que una pobre abuelita, que preguntaba sólo por curiosidad.
- Agarrás el camino, cruzás el río, tercer árbol a la derecha – informó el leñador, luego de dudar un segundo – pero no irás, ¿verdad?
- Por supuesto que no, yo no podría llegar hasta allí, en el estado en que me encuentro. No sabes, hijo, cuánto me duele la cintura.
Entonces el fuerte leñador se despidió de la abuelita, porque el olor de la canasta le estaba indicando que ya era hora de partir, con urgencia, y volvió al camino.
Cuando llegó por fin a la cueva del lobo, entró, porque las cuevas no tienen puerta para golpear. Dentro se encontraba la abuelita, que quién sabe cómo había llegado ahí primero. Pero el leñador no se dio cuenta, si bien algo sospechó. (Y aquí me gustaría hacer un alto en la historia, porque me parece que están en todo su derecho de preguntarse cómo el fuerte leñador no se dio cuenta que la abuelita no era el lobo. Y es que, si ustedes hacen memoria, recordar que el cuento comienza con, volvió el fuerte leñador a su casa, pues ¿de dónde volvía? Del oculista, porque el fuerte leñador no veía un carajo, y el oculista le estaba preparando unos anteojos, que todavía no le había dado. Además, dentro de la cueva estaba oscuro. Ahora sí, aclarada esta situación, por demás ilógica en otro contexto, proseguimos) Y por eso dijo:
- Lobo, lobo, que arrugado te encuentras.
- Es que me he bañado largo rato, para que me encontraras limpio y oliera mejor – respondió la abuelita con astucia.
- Lobo, lobo, que poco pelo tienes – insistió el fuerte leñador.
- Es que me he afeitado, así puedes saludarme mejor.
- Lobo, lobo, ¿acaso has estado tejiendo? – preguntó el fuerte leñador, que acababa de pisar un tejido a medio terminar, que la abuelita descuidadamente había olvidado tirado en el piso.
- Sí, hijo, porque hace frío, y así podrás abrigarte mejor – exclamó la abuelita al tiempo que saltaba sobre el leñador, e intentaba ponerle un suéter.
Pasaba justo por allí, Caperucita Roja, que era un agente de policía que había puesto el gobierno para que vigilara el bosque, ahora que se había puesto heavy. Le decían Caperucita Roja, porque le uniforme que debía usar era una caperuza roja, y la que tenía le quedaba chica, y con el dinero que le pagaba el gobierno no le alcanzaba para comprar una nueva. Por eso, Caperucita Roja.
El tema es que pasaba por allí, y al escuchar los gritos del fuerte leñador, entró en la cueva para ver que pasaba. Ahí vio a la abuelita tratando de ahogar al fuerte leñador con el suéter, y la agarró y se la llevó presa; salvando así al fuerte leñador (que evidentemente de fuerte sólo tenía el nombre, porque no podía encima siquiera a una pobre abuelita).
Entonces Caperucita Roja y el fuerte leñador se casaron, y vivieron casi felices por dos años y medio, cuando se separaron porque el leñador lo engañó con otro.
Fin
Lucía Blomberg, 12 de junio de 2010
