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viernes, 23 de junio de 2017

Sin que te enteraras

Si pudiera hacerlo sin que te enteraras...

... publicaría una novela
... fundaría un país
... bautizaría un bote
... pensaría un juego
... haría una comida
... escribiría una canción
... celebraría una fiesta patria (de aquel país)
... crearía un deporte
... filmaría una película
... nombraría una flor
... inventaría una danza
Con tu nombre

miércoles, 7 de junio de 2017

Guiños

Hay veces en que creo que la vida se da el gusto de hacernos un guiño.
Una coincidencia, una casualidad, un encuentro, son más bien guiños que la vida se permite para decirnos “vas bien, es por ahí”.
Levanté el teléfono para llamarte y ya estabas del otro lado de la línea.
Nombré un personaje de un cuento con el nombre de uno de tus hijos, antes de conocerte.
Pensé en vos y me escribiste.
Soñé con vos y te encontré.
Nacimos el mismo día.
Tu nombre es el de mi padre y tu cumpleaños el de mi hermano.
Vivo donde vivías y vivís donde quisiera vivir.
Dejé un trabajo y me llamaron del trabajo que quería.
Pensé en viajar y justo ibas para el mismo lado.
Te conocí en una ciudad que no era la tuya ni la mía, pero ahí estábamos los dos.
Te contesté una pregunta antes de que la dijeras.
Me hablaste de lo mismo que estaba a punto de hablarte.
Tenemos el mismo nombre y la misma apariencia.
Al principio pensé que era conexiones con las personas. Pero hoy pienso “¿Y si más bien son guiños de la vida?” Y me parece que es, incluso, una idea más feliz. No estoy conectada con una persona u otra, estoy conectada con mi vida. Con toda mi vida.
Me crucé con gente en la calle, en la vereda, en la puerta de mi casa, en un colegio, en una plaza, en otra provincia, en el mar (¡en el inmenso mar!) Supe cosas que iban a pasar antes de que pasaran. Como un instante, brevísimo instante, en que se levanta la niebla. Un vistazo a la imagen completa. Un segundo en que se accede al mapa.  Un guiño casi imperceptible. “Vas bien, es por ahí”

La vida nos está guiñando un ojo continuamente, sutilmente, sólo es cuestión de prestar atención y saber reconocer.

jueves, 1 de junio de 2017

Lo propio

Lo disfruto, lo admiro, lo comparto.
Lo elijo.
Lo difundo, lo veo, lo busco.
Lo reconozco.
Me enseña, me colma, me llena, me identifica.
Me enorgullece.
Me enamora, me fascina.
Me mueve.
Y sin embargo, lo se,
no es mío.
No me pertenece.
No es mi lucha.
No es mi tierra.
No es mi camino.
Es hermoso, pero no es mío.
No tomes a mal, por favor, no tomes a mal
que deba seguir.
Mi lucha está en otra parte.
Mi canción tiene otro ritmo.
Mi zapato tiene otro talle.
No puedo bailar tus pasos.
Es hermoso, claro, y prometo volver.
Volver de visita.
Es hermoso pero,
Hay tantas cosas hermosas a las que no aspiro.
Puedo reconocerlas, admirarlas, rozarlas.
Yo voy por otro carril.
Prometo volver de visita y, quién te dice, cebarte unos mates.
A la vuelta.

En el camino de regreso.

lunes, 29 de mayo de 2017

Leyendo las líneas de la mano de mi madre

Fragmento del texto de Luis María Pescetti: Leyendo las líneas de la mano de mi madre, del libro Unidos contra Drácula.
Completo en: https://www.youtube.com/watch?v=0RVrSEnutGE&t=29s


martes, 27 de agosto de 2013

Uno que dure

Detrás del mostrador, un viejito acomodaba cajas, absorto en su tarea. A su espalda, una estantería llena de cajas de todas las formas y colores cubría la pared. Cajas gastadas, con lunares, grandes y pequeñas. De pronto entró en el local un hombre de mediana edad, alto, serio.
El hombre respiró el conocido olor a vainilla y café que inundaba el lugar, y se dirigió inmediatamente al viejo. Antes de que pudiera hablar, el viejo le dijo:
-         Veo que ha tenido problemas otra vez
-         Está destrozado, es incluso peor que la última vez – le contestó el hombre enojado.
-         ¿Cómo puede ser?
-         No lo sé, ya estoy cansado. Es demasiado frágil, se rompe constantemente, se marca con apenas mirarlo.
-         Lo siento, es el que le tocó – le dijo el viejo mirándolo de reojo.
-         Quiero otro
-         ¿Cómo dice? – el viejo levantó la cabeza y lo miró fijamente.
-         Lo que escuchó, que quiero otro. Quédese con éste, arréglelo si quiere, pero yo me llevo otro.
-         ¿Es usted consiente de lo que está diciendo?
-         Soy consciente de que no puedo andar viniendo una, dos ¡o hasta tres veces por mes! Quiero uno que dure. Uno resistente.
El viejo no dijo nada. Se volteó lentamente, y comenzó a sacar algunas cajas de la estantería. Cajas grandes y oscuras. Las abría, miraba el contenido, y las volvía a guardar. El hombre comenzaba a impacientarse, hasta que por fin el viejo acercó a una de las cajas al mostrador, y sacó de ella un corazón plateado y pesado.
-         ¿Este le parece bien?
-         Sí, esto parece lo que estaba buscando – dijo el hombre mientras sostenía el corazón entre sus manos, y lo observaba con atención – Sí, este es perfecto.
-         Le va a resultar más pesado, y más difícil de poner en funcionamiento, pero le aseguro que será casi imposible que se rompa o que se marque.
-         Es lo que necesito – le contestó el hombre, mientras sacaba unos pedazos de cristal de un bolso y los ponía sobre el mostrador – Usted puede quedarse con éste. Si logra arreglarlo, haga lo que quiera con él, es suyo.
El viejo tomó los pedazos que el hombre le ofrecía negando levemente con la cabeza, y suspiró. El hombre guardó su nuevo corazón en el bolso, y se fue. En el mismo momento en que él salía, una joven entraba a la tienda. Apenas se cruzaron las miradas en la puerta.
La joven respiró por primera vez el olor a vainilla y café, se acercó al mostrador, y le susurró algo al viejo.

-         Tengo uno justo para usted, estará listo en unos días. Debe cuidarlo bien, porque es frágil; pero es bello y liviano, y le irá perfecto – le contestó el viejo apenas sonriendo.

miércoles, 10 de julio de 2013

El hombre en la ventana

Nunca se sabe cuál, de las millones de imágenes que impactan en el cuerpo a cada segundo, va a lograr traspasar los límites de la piel. Puede que en días, semanas, años, ninguna. El tiempo, la ciudad, los ruidos, impermeabilizan el cuerpo.
Movimiento, constante. Humo. Ruido. Luces. Y entonces, un hombre. En medio de la ciudad, un hombre se asoma a la ventana de un primer piso. Medio cuerpo inclinado hacia afuera. Ajeno a la locura.
Un hombre se asoma y el mundo se detiene; como una fotografía eterna.
Todo lo que está alrededor, el edificio, los autos, la gente; todo cobra una nitidez extraña. Una nitidez gris.
Solo el hombre permanece en colores. Una fotografía que contiene miles, más pequeñas. Un collage de artista de vanguardia. La sonrisa, una mano, cinco dedos.
Como toda una película en un segundo.
Como toda una historia en una mirada.
La imagen entra por los ojos, recorre el cuerpo, y se instala. Se convierte en una de esas imágenes que nos acompañan por siempre, que aparecen de pronto, en cualquier momento. Un hombre se asoma a la ventana, y alivia, alegra, duele.

viernes, 21 de junio de 2013

Al fumador

Ojalá que nunca te alcance pa’ los puchos
Que tengas pa’ la ropa, la comida
Y nada más

Y si en vez de zapatillas
Te comprás un atadito
Ojalá que andes descalzo, sólo, en la ciudá

Ojalá tengas comida caliente en la mesa
Y un fuego brillante
En el hogar

Y sin en vez de las lentejas
Te comprás un atadito
Ojalá mueras de hambre, sólo, en la ciudá

Que mueras bien muerto, sí
Pero con los pulmones limpios


Pa’ que cuando llegue la hora, los puedas donar

viernes, 4 de mayo de 2012

Reflexión a-cerca de la pareja



Es frecuente observar que, cuando encontramos una persona que nos gusta mucho, solemos obviar cualquier defecto o imperfección que pueda llegar a tener, en un primer momento. Es como si esta persona se nos presentara muy bien disfrazada de Dios/a, con esa luz blanca o amarillenta alrededor y todo. Sucede, también, que mientras mayor sea el número de relaciones fracasadas o más cerca estén temporalmente del maravilloso momento del encuentro con el AMOR DE NUESTRA VIDA/LA SOLUCIÓN A TODOS NUESTROS PROBLEMAS, más fuerte y perfecto es este Dios (o esta Diosa), y más brilla esa luz que lo/a  rodea.  Es como… directamente proporcional, ¿vieron? Resulta que esta persona llega y tiene todo eso que queríamos que tuviera nuestra pareja anterior (y por supuesto nunca tuvo). Entonces cada momento es maravilloso, y la vida no podría ser mejor, y hacemos por él/ella todo, damos la vidaaaaa!!! De a poco va pasando el tiempo… un par de meses, qué se yo, y esa luz tan hermosa que rodeaba a nuestro Dios/a personal se va opacando un poco, ya no es taaaan brillante… Y ahí, en ese preciso momento, es cuando vemos que el disfraz de Dios/a estaba muy lindo, todo muy cuidado, pero se olvidó el reloj puesto. O sea, qué quiere decir esto: que no era todo taaaan así como lo pensamos al principio. Lo primero que se suele notar es que no tiene todo lo malo que tenía el/la anterior… pero tampoco tiene lo bueno. Es puntual, pero no me regala flores/no me hace la comida (léase con la situación personal que corresponda, yo puse por poner, por ocurrencia, vale cualquier otra desgracia que no hace ese/a desgraciado/a). Ahí es cuando el/la Dios/a pierde su luminosidad tan bonita que lo/a acompañaba a todas partes. Pero ¡ojo! Igualmente sigue siendo inmortal, y mejor que cualquier otro/a. Y bueno… vuelve a pasar el tiempo… Y de pronto comenzamos a ver que esta nueva persona (ya no tan nueva después de tanto pasaje del tiempo) tiene cosas que en nada se parecen o pueden compararse con nuestra pareja anterior. ¿Y ésto? Yo no lo conocía, no se si me gusta. Y el problema viene cuando no me gusta. ¿Por qué lo hace? El/la anterior no lo hacía. ¿Tiene un problema psicológico, un trauma de la niñez? Y ese es el momento en el que nuestro Dios/a, que venía caminando de lo más feliz, no ve que se le acaba el suelo y cae en una especie de abismo del fin del mundo. De Dios/a a abono para las plantas en un solo paso. Si alguno pasó por esta situación, o está en ella en ese momento, no se preocupe que esta etapa turbulenta después de un tiempo pasa. No suele durar más de un par de añitos nomás. Después como que nos da lástima que esté allá abajo tan solito/a y le echamos una soga, a ver si sube y por lo menos hace algo útil acá arriba. Que suba y demuestre que es EL AMOR DE ESTE MOMENTO DE MI VIDA/ LA SOLUCIÓN A ALGUNOS DE MIS PROBLEMAS.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Otras vidas I: Caracol y hoja.

Sobre mi cuerpo andas, te arrastras, despacio. No hay tiempo para ti, no corres, no sobre mi cuerpo. Yo te siento pasar, y siento tu peso encima mío. Vas dejando una marca, y cuando ya hace tiempo que te has ido, sigo sintiéndote. Sobre mi piel pasó tu piel, como de paso nada más. Para ti no significó nada, nada más que una piel entre muchas otras. Para mí, fuiste uno. El que por un tiempo sin tiempo me hizo compañía, y el que poco a poco, paso a paso me fue consumiendo. ¡Ah! Feliz muerte la de mi cuerpo en tu piel. Feliz mi piel de ser tu alimento. No tu único alimento, lo se, pero si uno de ellos. Por mí vives hoy, y sigues andando, dejando tu marca sobre otros cuerpos. Cuerpos nuevos, no agujereados como el mío. Y si embargo no siento rencor, no, sólo siento tu cuerpo sobre el mío, aunque hace mucho que te has sido. En cada espacio de mí guardo tu recuerdo. Y solo pienso en volver a ser como fui, para que vuelvas. Y solo quiero sentir el sol sobre mí, y el agua en mis pies. Y poco a poco se irá borrando tu marca, lo se. Y habrá otros que dejen su marca. Y aun así yo estaré esperando que vuelvas. Y aunque hayas cambiando, aunque yo en realidad nunca te haya visto como realmente eras, y aunque tú no me reconozcas… yo sentiré tu peso sobre mi piel, y sabré que soy de nuevo tu alimento.

sábado, 27 de agosto de 2011

Pequeñas historias de la gente: La voz


Llega y establece su espacio. Se toma su tiempo, sin apuro, porque el apuro no tiene lugar en su espacio. Observa, respira, absorbe esa parte que de a poco se va volviendo suya. Un círculo que, sin embargo, permanece abierto. Y la gente se acerca, atraída por esa energía que empieza a crecer alrededor del hombre sentado. Ingresan a su círculo y lo llenan también… y esperan. Entonces el hombre habla. Y su voz, que nace desde el centro de su pecho (no solo de su corazón, sino de su pecho, de toda esa zona en donde se guardan los recuerdos más preciados), invade cada rincón, con su sonido de tambor. TOM, TOM, TOM. Las personas cierran los ojos, para sentir mejor esta vibración de palabras ondas, profundas, que se introducen en los cuerpos empezando a generar un ritmo común. TOM, TOM, TOM. La gente se vuelve grupo, un grupo unido por una misma musicalidad de tambores y palabras mezclados. El hombre que tiene el alma en la voz empieza a contar una historia. Y las palabras llenan el lugar y a las personas de voces nuevas, ruidos, olores, colores, que se posan sobre todas las superficies y las pieles, y comienzan a danzar. La voz habla de lugares lejanos, ruidosos. Habla de seres mágicos que pasan desapercibidos en un mercado. Habla de lenguas extrañas que con sólo ser pronunciadas cambian una parte del mundo. Y todos los que escuchan mantienen sus ojos cerrados y pueden ver cada una de las cosas que nombra, que convoca. Empiezan todos a mezclarse entre la gente del mercado, sin que nadie lo note. Recorren, caminan, y guiados por la voz se encuentran todos en un punto, en medio del pasto. Y vuelven a ver a este hombre, cuyas palabras los habían llevado hasta allí. Cuando la voz de la voz comienza a hablar, el suelo de tierra se parte para dar a luz a un árbol inmenso, imponente, verde y ancho, y más viejo que las historias en sí. “El árbol de la palabra”. Es entonces cuando todos abren los ojos y se encuentran de nuevo donde comenzaron, con aquel hombre sentado frente a ellos, tranquilo. El silencio se carga de un pensamiento común a todos viajeros: “Es un genio oculto entre los hombres, un verdadero maestro”. Y de a poco se levantan y se van, hinchados de una vida nueva, de una sabiduría recién adquirida, de un ritmo compartido. Finalmente sólo queda el hombre de la voz de tambor, que sonríe y se levanta también. Y se va caminando despacio, lleno de todo lo que dio.
Lucia Blomberg

jueves, 2 de septiembre de 2010

El Escritor

No tenía hijos. Tenía historias. Miles de historias, millones de historias que llenaban papeles, cuadernos, rincones de su mente, momentos de su vida. Creía firmemente que todo era una historia, que todo contaba una historia. Una pintura, una canción, una frase, incluso una persona. Con su forma de caminar, de hablar, de callar, de pensar, está contando una historia. Su historia. Es sólo cuestión de saber escuchar. Por eso decía que los escritores debían tener buen oído. Por eso iba por el mundo absorto. Nadie lo sabía, pero estaba escuchando.

Sin embargo, las personas que habitaban el mundo por ese entonces, habían perdido hacía mucho la costumbre de escuchar. Él sospechaba que incluso habían perdido la capacidad de hacerlo. Y esa era la razón de que el Escritor pasara desapercibido. Con suerte se lo reconocía como Juan, el empleado del banco, pero del Escritor… ni la sombra.

Los días monótonos de Juan eran sólo recompensados en aquellos pequeños momentos por las noches, cuando dejaba salir a su verdadero yo. Cuando el Escritor hacía su aparición triunfal, y plasmaba las historias, contaba la verdad. Se sentía poderoso sabiendo que tenía el destino de los personajes en sus manos. Podía moldearlos a su gusto, crearles situaciones, decidir literalmente su destino. ¿Triunfo a fracaso? ¿Vida o muerte? Pero ¿muerte siempre significaba fracaso?...

El fracaso parecía ser moneda corriente en su vida. Deseaba más que nada ver sus historias publicadas, ver triunfar al Escritor. Pero jamás lo lograba. Día tras día un nuevo rechazo. Las personas no entendían su idioma, no tenían tiempo para escuchar, y mucho menos para el que escucha. Nada más cierto: el deseo de cualquier escritor es un deseo puramente egoísta y con aspiraciones grandiosas. Desea sobrevivir, desea la inmortalidad. Busca que sus relatos trasciendan todo lo que su cuerpo no puede. Porque, si tus ideas viven, ¿quién podría asegurar que estás muerto? Es por ello que el verdadero escritor daría la vida por sus historias. Justamente porque sabe que no está realmente dando su vida, sino salvándola.

El Escritor dentro de Juan creía esto con la mayor firmeza, no cabe la menor duda. Quizás pasó años meditando sobre su decisión, o quizás simplemente se iluminó un día, y al siguiente lo hizo. Pero lo cierto es que lo hizo. El Escritor salvó su vida, elevó aquella parte de él que más valía, le consiguió un lugar en el mundo a sus historias. ¿Cómo pudo hacerlo siendo ese, como era, un mundo sordo? Los hizo escuchar. Los obligó. Gritó su historia tan fuerte, que ya nadie pudo serle indiferente.

El cuerpo de Juan fue encontrado un miércoles, flotando en la pileta del patio trasero de su casa. Rodeado de velas blancas, casi totalmente consumidas. Sobre el pasto podía leerse, escrito mediante prolijas letras de tela: “Te agradezco lector, que permites que en ti se alojen mis pensamientos y sentimientos. Debido a tu bondad he de sobrevivir”

Los medios por primera vez lo llamaron Escritor. De sus libros se hicieron cualquier cantidad de ediciones, desde simples y baratas, hasta de colección. Todas las ganancias quedaron en manos de algunos parientes lejanos, porque Juan no tenía hijos. Tenía historias, miles de historias, millones de historias. Y su mayor deseo se cumplió con creces. En el momento en que Juan exhalaba su último aire, el Escritor nacía para el éxito y la inmortalidad. El mundo escuchó.

Pero poco a poco, volvió a la normalidad. Volvió a ensordecer. Y Juan fue nuevamente olvidado. No tanto como al principio, ni tan poco como al final. Se lo recuerda en fechas especiales como aniversarios de su muerte, en algunos concursos literarios y quizás en algún pueblito, en boca de algún profesor, o de algún abuelo. Y, cada tanto, alguien recupera su historia. Irónica vuelta del destino: alguien escribe sobre el Escritor.

martes, 15 de junio de 2010

Caperucita Roja, Versionada

Volvió el fuerte leñador a su casa, y su tío le dijo:

- Fuerte leñador, debes llevarle esta canasta con carne al lobo que vive en el bosque, porque se ha enfermado y no puede cazar.

- Por supuesto – contestó el fuerte leñador, solícito.

- Pero debo advertirte dos cosas – agregó el tío, antes de que el leñador saliera de su casa – La primera es que no te desvíes del camino, ya que si la carne pasa mucho tiempo fuera de la heladera, se pudre. Y la segunda es que tengas mucho cuidado, e intentes a toda costa evitar contacto con la abuelita que anda rondando el bosque, mira que parece una anciana inofensiva, pero apenas te distraigas intentará ahogarte con un suéter.

- Dalo por hecho querido tío – contestó el fuerte leñador, y salió de su casa, en dirección al bosque.

En el bosque, el fuerte leñador iba caminando muy contento con su canasta, cuando vio que un poco más allá, desviándose 50 m del camino, había una piña seca. Al fuerte leñador le encantaban las piñas secas por sobre todas las cosas, incluso por sobre los cómics y los pastelitos de membrillo que preparaba su tío. “No está muy lejos del camino, y no perderé mucho tiempo en recogerla” pensó el fuerte leñador. Se acercó a la piña, y la levantó. Estaba por volver al camino, cuando vio que, un poco más allá, había otra piña, y no pudo evitar ir a recogerla también. Y así, a cada piña que recogía, veía otra un poco más allá. Y adivinen dónde ponía las piñas… en la canasta, por supuesto. No quiero ni mencionar el estado en el que estaba quedando la carne para el pobre lobo enfermo. Pero seguramente no estaba peor que cuando el lobo la caza, llena de pelos y otras mugres, así que supongo que no le iría a molestar.

Estaba el fuerte leñador recogiendo piñas en el bosque, ya muy lejos del camino, cuando apareció la abuelita.

- Fuerte leñador, ¿Qué haces en medio del bosque, tan alejado del camino?

- Estoy recogiendo piñas – contestó el fuerte leñador, con cierta desconfianza.

- ¿y qué es ese olor tan nauseabundo que sale de tu canasta?

- Uh! ¡La carne para el lobo enfermo! – exclamó el leñador, que acababa de recordar cuál era el verdadero motivo de su visita al bosque – debía llevarle esta carne al lobo.

- ¿Y el lobo vive muy cerca de aquí? – preguntó la abuelita, interesada.

- Sí, sólo hay que retomar el camino, y cruzar el… - y entonces el fuerte leñador, un poco tarde, se dio cuenta de con quién estaba hablando.

- ¿Cruzar el…?

- No debo hablar contigo, mi tío me dijo que eras mala – aseguró el fuerte leñador.

- ¿Acaso crees que yo podría causar algún daño a un fuerte leñador como tu, o a un lobo? Mírame, no soy más que una pobre abuelita, que preguntaba sólo por curiosidad.

- Agarrás el camino, cruzás el río, tercer árbol a la derecha – informó el leñador, luego de dudar un segundo – pero no irás, ¿verdad?

- Por supuesto que no, yo no podría llegar hasta allí, en el estado en que me encuentro. No sabes, hijo, cuánto me duele la cintura.

Entonces el fuerte leñador se despidió de la abuelita, porque el olor de la canasta le estaba indicando que ya era hora de partir, con urgencia, y volvió al camino.

Cuando llegó por fin a la cueva del lobo, entró, porque las cuevas no tienen puerta para golpear. Dentro se encontraba la abuelita, que quién sabe cómo había llegado ahí primero. Pero el leñador no se dio cuenta, si bien algo sospechó. (Y aquí me gustaría hacer un alto en la historia, porque me parece que están en todo su derecho de preguntarse cómo el fuerte leñador no se dio cuenta que la abuelita no era el lobo. Y es que, si ustedes hacen memoria, recordar que el cuento comienza con, volvió el fuerte leñador a su casa, pues ¿de dónde volvía? Del oculista, porque el fuerte leñador no veía un carajo, y el oculista le estaba preparando unos anteojos, que todavía no le había dado. Además, dentro de la cueva estaba oscuro. Ahora sí, aclarada esta situación, por demás ilógica en otro contexto, proseguimos) Y por eso dijo:

- Lobo, lobo, que arrugado te encuentras.

- Es que me he bañado largo rato, para que me encontraras limpio y oliera mejor – respondió la abuelita con astucia.

- Lobo, lobo, que poco pelo tienes – insistió el fuerte leñador.

- Es que me he afeitado, así puedes saludarme mejor.

- Lobo, lobo, ¿acaso has estado tejiendo? – preguntó el fuerte leñador, que acababa de pisar un tejido a medio terminar, que la abuelita descuidadamente había olvidado tirado en el piso.

- Sí, hijo, porque hace frío, y así podrás abrigarte mejor – exclamó la abuelita al tiempo que saltaba sobre el leñador, e intentaba ponerle un suéter.

Pasaba justo por allí, Caperucita Roja, que era un agente de policía que había puesto el gobierno para que vigilara el bosque, ahora que se había puesto heavy. Le decían Caperucita Roja, porque le uniforme que debía usar era una caperuza roja, y la que tenía le quedaba chica, y con el dinero que le pagaba el gobierno no le alcanzaba para comprar una nueva. Por eso, Caperucita Roja.

El tema es que pasaba por allí, y al escuchar los gritos del fuerte leñador, entró en la cueva para ver que pasaba. Ahí vio a la abuelita tratando de ahogar al fuerte leñador con el suéter, y la agarró y se la llevó presa; salvando así al fuerte leñador (que evidentemente de fuerte sólo tenía el nombre, porque no podía encima siquiera a una pobre abuelita).

Entonces Caperucita Roja y el fuerte leñador se casaron, y vivieron casi felices por dos años y medio, cuando se separaron porque el leñador lo engañó con otro.

Fin

Lucía Blomberg, 12 de junio de 2010