Hay veces en que creo que la vida se da el gusto de hacernos
un guiño.
Una coincidencia, una casualidad, un encuentro, son más bien
guiños que la vida se permite para decirnos “vas bien, es por ahí”.
Levanté el teléfono para llamarte y ya estabas del otro lado
de la línea.
Nombré un personaje de un cuento con el nombre de uno de tus
hijos, antes de conocerte.
Pensé en vos y me escribiste.
Soñé con vos y te encontré.
Nacimos el mismo día.
Tu nombre es el de mi padre y tu cumpleaños el de mi
hermano.
Vivo donde vivías y vivís donde quisiera vivir.
Dejé un trabajo y me llamaron del trabajo que quería.
Pensé en viajar y justo ibas para el mismo lado.
Te conocí en una ciudad que no era la tuya ni la mía, pero
ahí estábamos los dos.
Te contesté una pregunta antes de que la dijeras.
Me hablaste de lo mismo que estaba a punto de hablarte.
Tenemos el mismo nombre y la misma apariencia.
Al principio pensé que era conexiones con las personas. Pero
hoy pienso “¿Y si más bien son guiños de la vida?” Y me parece que es, incluso,
una idea más feliz. No estoy conectada con una persona u otra, estoy conectada
con mi vida. Con toda mi vida.
Me crucé con gente en la calle, en la vereda, en la puerta
de mi casa, en un colegio, en una plaza, en otra provincia, en el mar (¡en el
inmenso mar!) Supe cosas que iban a pasar antes de que pasaran. Como un
instante, brevísimo instante, en que se levanta la niebla. Un vistazo a la
imagen completa. Un segundo en que se accede al mapa. Un guiño casi imperceptible. “Vas bien, es por
ahí”
La vida nos está guiñando un ojo continuamente, sutilmente, sólo
es cuestión de prestar atención y saber reconocer.
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