Completo en: https://www.youtube.com/watch?v=0RVrSEnutGE&t=29s
lunes, 29 de mayo de 2017
Leyendo las líneas de la mano de mi madre
Fragmento del texto de Luis María Pescetti: Leyendo las líneas de la mano de mi madre, del libro Unidos contra Drácula.
Completo en: https://www.youtube.com/watch?v=0RVrSEnutGE&t=29s
Completo en: https://www.youtube.com/watch?v=0RVrSEnutGE&t=29s
miércoles, 24 de mayo de 2017
Carta a un abuelo
Querido abuelo:
Me estoy comiendo una pepa de membrillo y me acuerdo lo ricas que eran cuando vos
las dorabas en el horno.
Primero quiero decirte que la casa está muy bien. (Primero, porque lo anterior no era
algo que quería decirte, sino algo que me pasó) Venimos a verla todo lo que podemos.
No es lo mismo que cuando vos venías, claro, pero nos esforzamos por mantenerla en
pie. Este verano pintamos las rejas, y yo recién limpié las ventanas. ¡Si vieras lo bien
que se ve ahora a la calle, desde la cocina! Todas las mañanas me siento con el mate en
la mano y miro a la calle desde la cocina. Pienso en todas las veces que habrás hecho lo
mismo. Para eso la cocina adelante, para mirar hacia fuera apaciblemente cuando se
desayuna. Saludar a un vecino que pasa. Observar. Observar.
En esta época la enredadera se empieza a teñir de rojo, es hermoso porque ya cubrió dos
de las tres paredes del jardín de atrás. Todavía hay flores atrás, pero a los árboles de
adelante no les queda ni una sola hoja; están todas desparramadas por la vereda y el
jardín.
Hoy llovía y paraba, llovía y paraba, vos sabés, como es acá. Yo digo que llueve y
desllueve. A la tarde el mar se tragó todo. La lluvia, las nubes, el viento, todo, y
pudimos ver el atardecer. Cuando veía esas nubes rosas que parecen algodón estirado,
pensaba si vos también te acercarías al mar cuando venías. Esas cosas que a uno no se le
ocurre preguntar. ¿Te acercabas a ver el mar cuando venías? Yo no dejo nunca de
acercarme a verlo, aunque sea invierno. Es como un ritual, cuando llego y cuando me
voy. Me imagino que vos también tendrías tus rituales de bienvenida y de despedida.
Hoy mirando el mar me preguntaba cuál sería el primer lugar que visitabas al llegar, y
cuál el último por el que pasabas, antes de irte. Seguramente el parque.
El parque tiene una carpa de circo ahora. Si estuvieras acá te llevaría a ver una función.
Más bien te pediría que me llevaras vos, y me compraras pochoclo. Está atrás de todo,
tendríamos que cruzar el parque. Podríamos pasar por la calesita. Ya estoy grande para
subirme, claro, pero podríamos pasar por al lado y escuchar su música, tal vez verla
girar por unos minutos. Eso me gustaría. Los payasos del circo son dos, uno es muy alto
y el otro muy bajito. Y una chica muy linda vende el pochoclo. Al salir podríamos
sacarle una foto a la carpa, así de noche, toda iluminada con sus pequeñas lucecitas de
colores y todos lo árboles alrededor; y quizás después te darían ganas de pintarla.
Tenemos algunos de tus cuadros colgados en esta casa, otros los tiene la tía, otros
mamá, algunos tengo yo, algunos quedaron guardados ¡Son tantos cuadros del parque!
Mi preferido es el que hicimos juntos. Sólo vos y yo sabemos que unas líneas que
parecen pasto en realidad son el comienzo de una firma. “No nena, en el medio del
cuadro no se firma, y con ese color no se ve” A un costado está mi firma, en amarillo.
Vos no lo quisiste firmar. Ahora me gustaría que lo hubieses firmado también, y que
estuvieran tu nombre y el mío, los dos. Porque lo hicimos juntos.
El año pasado vine cinco veces. Este año también, ya voy cinco, pero ni mitad de año
es. Vengo todo lo que puedo, me hace tan feliz. Algo así deberías haber sentido vos. La
paz, la tranquilidad, el aire. No se si es que los dos amamos esta ciudad, o es un solo
amor que fue trasmitido.
En la cocina está el reloj de frutas, pero no ese que tenías vos en tu casa que se volvió
loco y contaba los segundos para atrás. ¿Te acordás? Igual daba la hora bien. Este es
otro, con frutas también. Dejamos muchas cosas tuyas acá porque nos gusta encontrarte
en lo cotidiano. Hay un almanaque viejo donde escribiste un número de teléfono. En un
cajón está eso que usabas para sacarte el zapato, no me acuerdo cómo se llama. La radio
sigue estando, pero la videocasetera es un reproductor de dvd ahora. Ya no hay teléfono
porque todos tenemos celular. Pero está la mesa de la cocina, con las mismas sillas
naranjas, y en mi cuarto están esas cortinas (naranjas también) que cuando entra el sol
iluminan de color toda la habitación.
Creo que lo que quiero decir es que algunas cosas fueron cambiando en estos ocho años,
pero que la esencia sigue intacta. Eso quería decirte. Que mantenemos la esencia intacta,
no sólo acá, allá también. Cada vez que apruebo una de las materias de la facultad
pienso en lo contento que te pondrías, cada vez que veo a la chiquita pienso cómo te
haría reír, cada vez que huelo un eucalipto te imagino cruzando el parque. Se que al
resto le pasa lo mismo, a cada uno con sus cosas.
De eso te quería hablar abuelo, de la esencia.
martes, 23 de mayo de 2017
Visita
Si venís a visitarme te preparo una tortilla
te compro un chocolate
inflo las ruedas de la bici, por si querés ir a pasear
te voy a buscar helado
amaso una pizza
prendo el calefactor, aunque no haga tanto frío
limpio las ventanas
hago una sopa
planto un árbol en medio del comedor, para que no extrañes tanto
pongo música de los 70’
cuelgo banderines de colores
o lo que quieras, lo que sea que te haga sentir a gusto.
Sólo avísame con tiempo.
martes, 27 de agosto de 2013
Uno que dure
Detrás del mostrador, un viejito acomodaba cajas, absorto en
su tarea. A su espalda, una estantería llena de cajas de todas las formas y
colores cubría la pared. Cajas gastadas, con lunares, grandes y pequeñas. De
pronto entró en el local un hombre de mediana edad, alto, serio.
El hombre respiró el conocido olor a vainilla y café que
inundaba el lugar, y se dirigió inmediatamente al viejo. Antes de que pudiera
hablar, el viejo le dijo:
-
Veo que ha tenido problemas otra vez
-
Está destrozado, es incluso peor que la última vez – le
contestó el hombre enojado.
-
¿Cómo puede ser?
-
No lo sé, ya estoy cansado. Es demasiado frágil, se
rompe constantemente, se marca con apenas mirarlo.
-
Lo siento, es el que le tocó – le dijo el viejo
mirándolo de reojo.
-
Quiero otro
-
¿Cómo dice? – el viejo levantó la cabeza y lo miró
fijamente.
-
Lo que escuchó, que quiero otro. Quédese con éste,
arréglelo si quiere, pero yo me llevo otro.
-
¿Es usted consiente de lo que está diciendo?
-
Soy consciente de que no puedo andar viniendo una, dos ¡o hasta tres veces por mes! Quiero uno que dure. Uno resistente.
El viejo no dijo nada. Se volteó lentamente, y comenzó a
sacar algunas cajas de la estantería. Cajas grandes y oscuras. Las abría,
miraba el contenido, y las volvía a guardar. El hombre comenzaba a impacientarse,
hasta que por fin el viejo acercó a una de las cajas al mostrador, y sacó de
ella un corazón plateado y pesado.
-
¿Este le parece bien?
-
Sí, esto parece lo que estaba buscando – dijo el hombre
mientras sostenía el corazón entre sus manos, y lo observaba con atención – Sí,
este es perfecto.
-
Le va a resultar más pesado, y más difícil de poner en
funcionamiento, pero le aseguro que será casi imposible que se rompa o que se
marque.
-
Es lo que necesito – le contestó el hombre, mientras
sacaba unos pedazos de cristal de un bolso y los ponía sobre el mostrador –
Usted puede quedarse con éste. Si logra arreglarlo, haga lo que quiera con él,
es suyo.
El viejo tomó los pedazos que el hombre le ofrecía negando
levemente con la cabeza, y suspiró. El hombre guardó su nuevo corazón en el
bolso, y se fue. En el mismo momento en que él salía, una joven entraba a la
tienda. Apenas se cruzaron las miradas en la puerta.
La joven respiró por primera vez el olor a vainilla y café,
se acercó al mostrador, y le susurró algo al viejo.
-
Tengo uno justo para usted, estará listo en unos días.
Debe cuidarlo bien, porque es frágil; pero es bello y liviano, y le irá
perfecto – le contestó el viejo apenas sonriendo.
miércoles, 24 de julio de 2013
Sensibilidad de tipo estomacal
He llegado a notar, en los últimos tiempos,
cierta condescendencia de mi estomago para con mi estado de animo. Una afinidad
infinita nacida vaya uno a saber en qué convención de mi ser.
Pude observar como la amistad nacía y crecía
conforme los nervios de los últimos días se refugiaban en mis intestinos. Luego
vinieron las tristezas ahogadas en mis vísceras, las alegrías rebotando por las
paredes internas de mi zona abdominal, las vergüenzas hundidas en mi colon.
Me sorprende de mi estómago, que solía ser siempre
tan serio, este repentino ablandamiento. Me pregunto como hizo mi ánimo para
generarle semejante simpatía. ¿Lo habrá enamorado? ¿Enternecido? ¿Divertido?
Conozco que mi ánimo es capaz de las más eficaces manipulaciones emocionales;
no me cabe duda de su talento. Pero hasta el momento mi estómago se había
mantenido imperturbable, con la dignidad que su puesto le otorga. Digno.
¡Digno! ¿A dónde habrá ido a parar esa dignidad? Ahora el más mínimo movimiento
de mi estado de ánimo le causa las más incómodas revoluciones.
Quizás el paso del tiempo lo volvió
vulnerable, susceptible. Quizás sea sólo una etapa, un momento. Pero parece
que, mientras esta unión dure, tendré que aprender a convivir con el desempeño
ineficaz de quien antes fuera un firme trabajador y un gran aliado.
miércoles, 10 de julio de 2013
El hombre en la ventana
Nunca se sabe cuál, de las millones de imágenes que impactan en el cuerpo a cada segundo, va a lograr traspasar los límites de la piel. Puede que en días, semanas, años, ninguna. El tiempo, la ciudad, los ruidos, impermeabilizan el cuerpo.
Movimiento, constante. Humo. Ruido. Luces. Y entonces, un hombre. En medio de la ciudad, un hombre se asoma a la ventana de un primer piso. Medio cuerpo inclinado hacia afuera. Ajeno a la locura.
Un hombre se asoma y el mundo se detiene; como una fotografía eterna.
Todo lo que está alrededor, el edificio, los autos, la gente; todo cobra una nitidez extraña. Una nitidez gris.
Solo el hombre permanece en colores. Una fotografía que contiene miles, más pequeñas. Un collage de artista de vanguardia. La sonrisa, una mano, cinco dedos.
Como toda una película en un segundo.
Como toda una historia en una mirada.
La imagen entra por los ojos, recorre el cuerpo, y se instala. Se convierte en una de esas imágenes que nos acompañan por siempre, que aparecen de pronto, en cualquier momento. Un hombre se asoma a la ventana, y alivia, alegra, duele.
Movimiento, constante. Humo. Ruido. Luces. Y entonces, un hombre. En medio de la ciudad, un hombre se asoma a la ventana de un primer piso. Medio cuerpo inclinado hacia afuera. Ajeno a la locura.
Un hombre se asoma y el mundo se detiene; como una fotografía eterna.
Todo lo que está alrededor, el edificio, los autos, la gente; todo cobra una nitidez extraña. Una nitidez gris.
Solo el hombre permanece en colores. Una fotografía que contiene miles, más pequeñas. Un collage de artista de vanguardia. La sonrisa, una mano, cinco dedos.
Como toda una película en un segundo.
Como toda una historia en una mirada.
La imagen entra por los ojos, recorre el cuerpo, y se instala. Se convierte en una de esas imágenes que nos acompañan por siempre, que aparecen de pronto, en cualquier momento. Un hombre se asoma a la ventana, y alivia, alegra, duele.
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