Querido abuelo:
Me estoy comiendo una pepa de membrillo y me acuerdo lo ricas que eran cuando vos
las dorabas en el horno.
Primero quiero decirte que la casa está muy bien. (Primero, porque lo anterior no era
algo que quería decirte, sino algo que me pasó) Venimos a verla todo lo que podemos.
No es lo mismo que cuando vos venías, claro, pero nos esforzamos por mantenerla en
pie. Este verano pintamos las rejas, y yo recién limpié las ventanas. ¡Si vieras lo bien
que se ve ahora a la calle, desde la cocina! Todas las mañanas me siento con el mate en
la mano y miro a la calle desde la cocina. Pienso en todas las veces que habrás hecho lo
mismo. Para eso la cocina adelante, para mirar hacia fuera apaciblemente cuando se
desayuna. Saludar a un vecino que pasa. Observar. Observar.
En esta época la enredadera se empieza a teñir de rojo, es hermoso porque ya cubrió dos
de las tres paredes del jardín de atrás. Todavía hay flores atrás, pero a los árboles de
adelante no les queda ni una sola hoja; están todas desparramadas por la vereda y el
jardín.
Hoy llovía y paraba, llovía y paraba, vos sabés, como es acá. Yo digo que llueve y
desllueve. A la tarde el mar se tragó todo. La lluvia, las nubes, el viento, todo, y
pudimos ver el atardecer. Cuando veía esas nubes rosas que parecen algodón estirado,
pensaba si vos también te acercarías al mar cuando venías. Esas cosas que a uno no se le
ocurre preguntar. ¿Te acercabas a ver el mar cuando venías? Yo no dejo nunca de
acercarme a verlo, aunque sea invierno. Es como un ritual, cuando llego y cuando me
voy. Me imagino que vos también tendrías tus rituales de bienvenida y de despedida.
Hoy mirando el mar me preguntaba cuál sería el primer lugar que visitabas al llegar, y
cuál el último por el que pasabas, antes de irte. Seguramente el parque.
El parque tiene una carpa de circo ahora. Si estuvieras acá te llevaría a ver una función.
Más bien te pediría que me llevaras vos, y me compraras pochoclo. Está atrás de todo,
tendríamos que cruzar el parque. Podríamos pasar por la calesita. Ya estoy grande para
subirme, claro, pero podríamos pasar por al lado y escuchar su música, tal vez verla
girar por unos minutos. Eso me gustaría. Los payasos del circo son dos, uno es muy alto
y el otro muy bajito. Y una chica muy linda vende el pochoclo. Al salir podríamos
sacarle una foto a la carpa, así de noche, toda iluminada con sus pequeñas lucecitas de
colores y todos lo árboles alrededor; y quizás después te darían ganas de pintarla.
Tenemos algunos de tus cuadros colgados en esta casa, otros los tiene la tía, otros
mamá, algunos tengo yo, algunos quedaron guardados ¡Son tantos cuadros del parque!
Mi preferido es el que hicimos juntos. Sólo vos y yo sabemos que unas líneas que
parecen pasto en realidad son el comienzo de una firma. “No nena, en el medio del
cuadro no se firma, y con ese color no se ve” A un costado está mi firma, en amarillo.
Vos no lo quisiste firmar. Ahora me gustaría que lo hubieses firmado también, y que
estuvieran tu nombre y el mío, los dos. Porque lo hicimos juntos.
El año pasado vine cinco veces. Este año también, ya voy cinco, pero ni mitad de año
es. Vengo todo lo que puedo, me hace tan feliz. Algo así deberías haber sentido vos. La
paz, la tranquilidad, el aire. No se si es que los dos amamos esta ciudad, o es un solo
amor que fue trasmitido.
En la cocina está el reloj de frutas, pero no ese que tenías vos en tu casa que se volvió
loco y contaba los segundos para atrás. ¿Te acordás? Igual daba la hora bien. Este es
otro, con frutas también. Dejamos muchas cosas tuyas acá porque nos gusta encontrarte
en lo cotidiano. Hay un almanaque viejo donde escribiste un número de teléfono. En un
cajón está eso que usabas para sacarte el zapato, no me acuerdo cómo se llama. La radio
sigue estando, pero la videocasetera es un reproductor de dvd ahora. Ya no hay teléfono
porque todos tenemos celular. Pero está la mesa de la cocina, con las mismas sillas
naranjas, y en mi cuarto están esas cortinas (naranjas también) que cuando entra el sol
iluminan de color toda la habitación.
Creo que lo que quiero decir es que algunas cosas fueron cambiando en estos ocho años,
pero que la esencia sigue intacta. Eso quería decirte. Que mantenemos la esencia intacta,
no sólo acá, allá también. Cada vez que apruebo una de las materias de la facultad
pienso en lo contento que te pondrías, cada vez que veo a la chiquita pienso cómo te
haría reír, cada vez que huelo un eucalipto te imagino cruzando el parque. Se que al
resto le pasa lo mismo, a cada uno con sus cosas.
De eso te quería hablar abuelo, de la esencia.
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miércoles, 24 de mayo de 2017
miércoles, 23 de mayo de 2012
Carta a Luis María Pescetti, con motivo del inminente conflicto de la tortuguita y el arbolito
Señor Pescetti, mediante la presente me dirijo a usted con
motivo de advertirle sobre una peligrosa situación que me ha parecido notar a
lo largo de sus espectáculos. Si bien no se ha difundido mucha información, por
lo poco que he podido vislumbrar, creo que puede pronosticarse el estallido, no
muy lejano, de un serio conflicto entre la tortuguita y el arbolito. Aún cuando
usted ha dejado muy clara la relación amistosa que une a estos dos seres, me
parece evidente que está subestimando un hecho que es, en realidad, de suma
importancia. Aunque la tortuguita profese mucho amor por su amigo el arbolito,
es siempre ella quien va a verlo, y eso es una situación que a cualquiera lo
cansa, en cierto momento. Mire Luis, yo sólo le digo que se esté atento. Esto
de las relaciones desiguales no es ninguna pavada, ¿vio? Está bien que el
arbolito no la pueda visitar porque está plantado, pero es muy difícil para la
tortuguita mantener toda la relación ella sola. Ustedes, los arbolitos, no se
dan cuenta de todo el esfuerzo que hacemos nosotras. Siempre tienen una excusa
perfecta, “que están muy cansados”, “que trabajaron todo el día”, “¡que no
pueden venir porque están plantados!”. Esto ya es el colmo. Nosotras los
queremos mucho, pero en un momento nos hartamos. Así que nada Luis, fijate. Un
día de estos la tortuguita se va a pudrir y se va a ir, yo se lo que te digo.
Estate atento.
¡Ah! Y muy bueno tu último espectáculo, eh. Genial como
siempre. Qué raro que se te haya pasado este tema, teniendo todo tan bien
armado. Pero bueno, supongo que no se puede estar en todo.
Un saludo, querido. Que andes bien.
Atte. Lucía Blomberg
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