sábado, 23 de octubre de 2010
sábado, 16 de octubre de 2010
Risas
Juego como cuando creía
Que la lluvia era lágrimas de Dios
Y las flores ojos de duendes
Todavía me creo capaz
De correr bajo el sol de verano
Sin la supervisión de un adulto
Tú no ríes porque no entiendes
Que la vida no es más que risa disfrazada
No es real tu seriedad
Si creyeras en mí no te asustarías
Al observarme bailar bajo la lluvia
O tapar mi ilusión por si refresca a la noche
Tal vez algún día el mar
Llegue a mi ventana y me lleve a visitar
Las islas de los recuerdos con sonido
No encuentro razón para no creer
En cuentos que cuentan abuelos en plazas
No es verdad que crecer sea olvidar.
Lucía Blomberg, 14 de octubre de 2010
martes, 28 de septiembre de 2010
Ser y Vivir
A veces uno cree
Que sabe lo que es
O quién es
Pero a veces uno tiene
Mejor suerte
Y sabe que no es
Que no se puede ser
De forma rígida y absoluta
Que uno vive
Y con eso que se vive
Se forma un ser
Cambiante y viviente
Cuando vivo nuevas cosas
Soy una nueva persona
Existo una nueva persona
Entonces me toca vivir
Algo diferente de nuevo
Y cambiar nuevamente de persona
Y así avanza el mundo
Con vivencias y seres
Que cambian porque viven
Si sos sólo una persona
Asustate
No estás viviendo.
Lucía Blomberg, 1 de agosto de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Frida
Se acerca silenciosa y elegante, digna. Prefiere siempre los lugares donde hay alguien más, sin embargo evita cualquier tipo de interacción. Si ese alguien intenta acercarse, tocarla, ella reusa el contacto suavemente y se aleja con su andar decidido allí donde alcanza la vista, pero no la mano.
Vuelve entonces a sentarse, haciendo caso omiso de la escena anterior, y observa. Atenta solamente a aquello que pasa en ese momento frente a sus grandes ojos celestes. Quién sabe qué pensamientos cruzarán su cabeza.
Sus ojos se confundirían con el cielo, de no ser por aquella manchita amarilla que parece tener la única función de refutar las teorías del origen divino del celeste.
Ella sigue siempre. Silenciosa siempre. Por momentos pareciera que añorara aquello que nunca conoció. Por momentos tengo la ilusión de comprenderla, quizás, algún día.
Lucía Blomberg, 15 de septiembre de 2010
domingo, 12 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
jueves, 2 de septiembre de 2010
El Escritor
Sin embargo, las personas que habitaban el mundo por ese entonces, habían perdido hacía mucho la costumbre de escuchar. Él sospechaba que incluso habían perdido la capacidad de hacerlo. Y esa era la razón de que el Escritor pasara desapercibido. Con suerte se lo reconocía como Juan, el empleado del banco, pero del Escritor… ni la sombra.
Los días monótonos de Juan eran sólo recompensados en aquellos pequeños momentos por las noches, cuando dejaba salir a su verdadero yo. Cuando el Escritor hacía su aparición triunfal, y plasmaba las historias, contaba la verdad. Se sentía poderoso sabiendo que tenía el destino de los personajes en sus manos. Podía moldearlos a su gusto, crearles situaciones, decidir literalmente su destino. ¿Triunfo a fracaso? ¿Vida o muerte? Pero ¿muerte siempre significaba fracaso?...
El fracaso parecía ser moneda corriente en su vida. Deseaba más que nada ver sus historias publicadas, ver triunfar al Escritor. Pero jamás lo lograba. Día tras día un nuevo rechazo. Las personas no entendían su idioma, no tenían tiempo para escuchar, y mucho menos para el que escucha. Nada más cierto: el deseo de cualquier escritor es un deseo puramente egoísta y con aspiraciones grandiosas. Desea sobrevivir, desea la inmortalidad. Busca que sus relatos trasciendan todo lo que su cuerpo no puede. Porque, si tus ideas viven, ¿quién podría asegurar que estás muerto? Es por ello que el verdadero escritor daría la vida por sus historias. Justamente porque sabe que no está realmente dando su vida, sino salvándola.
El Escritor dentro de Juan creía esto con la mayor firmeza, no cabe la menor duda. Quizás pasó años meditando sobre su decisión, o quizás simplemente se iluminó un día, y al siguiente lo hizo. Pero lo cierto es que lo hizo. El Escritor salvó su vida, elevó aquella parte de él que más valía, le consiguió un lugar en el mundo a sus historias. ¿Cómo pudo hacerlo siendo ese, como era, un mundo sordo? Los hizo escuchar. Los obligó. Gritó su historia tan fuerte, que ya nadie pudo serle indiferente.
El cuerpo de Juan fue encontrado un miércoles, flotando en la pileta del patio trasero de su casa. Rodeado de velas blancas, casi totalmente consumidas. Sobre el pasto podía leerse, escrito mediante prolijas letras de tela: “Te agradezco lector, que permites que en ti se alojen mis pensamientos y sentimientos. Debido a tu bondad he de sobrevivir”
Los medios por primera vez lo llamaron Escritor. De sus libros se hicieron cualquier cantidad de ediciones, desde simples y baratas, hasta de colección. Todas las ganancias quedaron en manos de algunos parientes lejanos, porque Juan no tenía hijos. Tenía historias, miles de historias, millones de historias. Y su mayor deseo se cumplió con creces. En el momento en que Juan exhalaba su último aire, el Escritor nacía para el éxito y la inmortalidad. El mundo escuchó.
Pero poco a poco, volvió a la normalidad. Volvió a ensordecer. Y Juan fue nuevamente olvidado. No tanto como al principio, ni tan poco como al final. Se lo recuerda en fechas especiales como aniversarios de su muerte, en algunos concursos literarios y quizás en algún pueblito, en boca de algún profesor, o de algún abuelo. Y, cada tanto, alguien recupera su historia. Irónica vuelta del destino: alguien escribe sobre el Escritor.