jueves, 16 de septiembre de 2010

Frida


Se acerca silenciosa y elegante, digna. Prefiere siempre los lugares donde hay alguien más, sin embargo evita cualquier tipo de interacción. Si ese alguien intenta acercarse, tocarla, ella reusa el contacto suavemente y se aleja con su andar decidido allí donde alcanza la vista, pero no la mano.

Vuelve entonces a sentarse, haciendo caso omiso de la escena anterior, y observa. Atenta solamente a aquello que pasa en ese momento frente a sus grandes ojos celestes. Quién sabe qué pensamientos cruzarán su cabeza.

Sus ojos se confundirían con el cielo, de no ser por aquella manchita amarilla que parece tener la única función de refutar las teorías del origen divino del celeste.

Ella sigue siempre. Silenciosa siempre. Por momentos pareciera que añorara aquello que nunca conoció. Por momentos tengo la ilusión de comprenderla, quizás, algún día.





Lucía Blomberg, 15 de septiembre de 2010

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