domingo, 23 de mayo de 2010

Los recuerdos del presente

¿Qué es el presente, sino un momento efímero, despreciable en cuanto a su duración? No se puede retener, no se puede demorar, tanto si se está disfrutando como si no, pasa. Siempre pasa. Y al final sólo quedan recuerdos de aquello que, por menos de un instante, fue.

Sólo recuerdos, incompletos, insensibles, imperfectos, pero lo único que queda. Por eso los atesoramos, los guardamos cual joyas, los memorizamos y los repasamos tratando de reencontrarnos con ese sentimiento de aquel presente, que al convertirse en pasado perdió gran parte de su intensidad, de su nitidez. Y jamás logramos sentir lo mismo.

Y existen quienes dedican tanto tiempo y esfuerzo a recuperar aquel presente, del cual sólo quedan recuerdos; que olvidan su verdadero presente, y dejan de existir. Viven entre recuerdos, buscando lo inacalcanzable.

Una vez leí una frase: “El pasado es la alegría de las almas tristes”

Lucía Blomberg, 23 de mayo de 2010

domingo, 16 de mayo de 2010

¿El fin justifica los medios?

"Es por una buena causa" dijimos. Y estuvimos tan ocupados haciéndolo, que no nos dimos cuenta de que lo que hacíamos estaba destruyendo la causa en sí.
Y para cuando hubimos terminado, ya nada quedaba de ella.
Todo había sido en vano.
Lucía Blomberg, 15 de Mayo de 2010
Nunca le había dolido tanto llorar. Era como si cada lágrima se llevara un poco de eso que había terminado, y por lo tanto tenía que salir de ella. Pero estaba tan adentro, tan arraigado a sus entrañas, que dolía. Cada lágrima dolía tanto como si le estuvieran arrancando un pedazo.
Sería más fácil dejar de llorar... pero entonces le quedaría adentro y ya todo había terminado, tenía que dejarlo ir de una vez.
Sí, tenía que dejarlo ir, lo sabía. Pero era tan difícil, tan doloroso. ¿Podría su vida volver a ser la misma cuando esto acabara? ¿Podría olvidarlo? Las lágrimas seguían saliendo... ¿Cuándo se iban a acabar?
Lucía Blomberg, marzo de 2010

lunes, 19 de abril de 2010

La muerte

Muerte

Un estremecimiento recorre el cuerpo de muchos cuando la oyen nombrar: la Muerte.

La Muerte viste de negro, es silenciosa y fría.

La Muerte es dolor.

La Muerte es sangre.

La Muerte es tristeza.

La Muerte es miedo.

Muy pocos piensan: “La Muerte es necesaria”. Y menos aún son los que creen que, a veces, llega para aliviar.

Pero la Muerte es parte de la vida. Y yo creo que la gente esconde detrás del miedo a la Muerte, su verdadero miedo. Le temen al desconocido después. Al incierto más allá.

Y la Muerte es la que carga con la mala reputación, por el simple hecho de que es lo único seguro, lo único visible. Se ve que llaga la Muerte, envuelta en tinieblas, y a partir de ahí es todo parte de una gran interrogación.

No muchos se dan cuenta de que la Muerte no es el destino, es sólo el chofer.

Lucía Blomberg, diciembre 2008

martes, 6 de abril de 2010

Soy muchos, o por lo menos dos

¿Alguna vez sintieron que eran al mismo tiempo, más de una persona? Seguramente esta idea les suene. Muchas películas, novelas, cuentos, etc, se basaron en la misma. Seguramente la más conocida es “El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hide”. Bueno, mi sentimiento es el mismo, sólo que no conviven en mí estás dos personas que soy.

En realidad podría decir con toda seguridad que soy más de dos personas, soy tantas personas como personas con las que me relaciono. Quizás existan lectores que estén, en este punto, pensando con suficiencia que ser diferente frente a cada persona o ámbito en el que uno se encuentra es ser falso, o hipócrita. A aquellos les pido con la mayor amabilidad que detengan la lectura de este texto, pues nada encontrarán de útil o entretenido en él, sino por el contrario, les resultará sumamente criticable e incómodo.

Una vez solucionado este tema, y quedando frente al texto sólo aquellos que comprendieron a qué me refería, o por lo menos admitieron la posibilidad de que algo por el estilo sucediera; siendo únicamente aquellos que son lo suficientemente sinceros consigo mismos y con el resto como para aceptar lo anteriormente dicho, prosigo, aunque no me resulte fácil hacerlo, ni a ustedes comprenderme.

Decía que estas dos personas no conviven en mí, porque resulta que viven en distintos lugares, si bien ambas se valen de mi cuerpo para existir. Una vive mi vida regular, la otra mis vacaciones. Reitero que estoy segura de ser más que solamente estas dos personas, pero es en este específico momento cuando más siento las diferencias. Al dejar mi ciudad, dejo una vida, una forma, una persona. Y al llegar a la otra ciudad (que resulta ser siempre la misma) esta segunda persona (o cuarta, o quinta, o decimotercera) toma posesión de mi cuerpo. No es que una de las personas en mí sea mala, y la otra buena. Ni remotamente cerca. Sino que son distintas. Obviamente deben serlo, pues viven y sobreviven situaciones totalmente alejadas; siendo el ejemplo más sencillo de esto que las separan 550 km. y un terreno de existencia completamente distinto. ¿Es esto malo? O más específicamente ¿Es erróneo? No lo se. Es. Habrá quienes digan que la liberación que logro frente a mis responsabilidades y a mi vida cotidiana resulta inmensamente saludable. Habrá quienes crean que no debería, por el sólo hecho de alejarme, olvidar todo aquello que soy… ¿Pero qué soy? ¿Quién soy más? ¿La que vive en mi ciudad, porque es la que ocupa mi cuerpo la mayor parte del tiempo? ¿O la que vive mis vacaciones, porque no tiene presiones, y es por eso que es como es? ¿porque no tiene obligaciones, lo que significa que actúa como realmente quiere?

A lo mejor soy las dos, sin ser más una que la otra.

Llegué, finalmente, a la extraña conclusión de que soy todas aquellas que soy, todas en la misma cantidad. Pero todas esas personas que soy, cambian continuamente, mueren y nacen simultánea e imperceptiblemente. ¿Entonces… soy? No puedo definir quién soy, pues cambio a cada instante, y seguramente quien empezó a escribir este texto, no es quien lo termina, ni muchos menos quien lo escribió en su totalidad. Y esto no es un problema, en absoluto. Es un alivio. No puedo definir quién soy, por lo tanto puedo ser cualquiera. ¿No es increíble darse cuenta de todas las posibilidades que tenemos?

Muchas Lucías Blombergs, a través de unos mismos dedos; 6 de abril de 2010

jueves, 4 de marzo de 2010

La Amistad

Las amistades son como edificios, primero hay que armar la sólida estructura, después construirlo por completo; pero no termina todo cuando se tiene el edificio hecho, hay que mantenerlo. Las amistades suponen un esfuerzo constante, pero uno se da cuenta de que lo valen cuando ve el resultado: un acogedor techo, donde refugiarse siempre que se necesite.

Lucía Blomberg, 3 de Marzo de 2010

lunes, 1 de marzo de 2010

La Cadena

Estaba ahí, siempre había estado Ahí. Pero por primera vez era conciente de que había otros lugares donde estar, no sólo Ahí. Miraba a lo lejos. Observaba aquello que no era parte de su vida cotidiana, y poco a poco, su curiosidad creció. De repente nacía en él ese inmenso deseo de acercarse a Allá, alejarse, descubrir…

Caminó unos pasos, con temor… Más pasos, más pasos… pero algo sucedía. Ya no podía caminar más. Algo lo detenía, algo lo mantenía Ahí. Y él se esforzaba por avanzar, pero no podía. Y comenzaba a desesperarse. Y buscó el motivo de aquella traba, y finalmente lo encontró. Esa gruesa cadena atada a su pie izquierdo. ¿Cómo es que nunca la había visto? Quizás porque jamás había supuesto una complicación, quizás simplemente porque nunca había intentado salir de Ahí, ir hacia Allá.

Entonces intentó sacarla, con todas sus fuerzas, pero no lo logró. La cadena llevaba años agarrada a su pie. Era casi como si hubiera echado raíces en él. La desesperación iba en aumento con cada intento fallido de extraer la horripilante cadena que le impedía avanzar. Y él seguía mirando Allá, añorando cada vez más conocer las innumerables cosas que lo esperaban a lo lejos. Pero la detestable cadena seguía ahí, bien sujeta a su pie izquierdo.

Y hubieron de pasar años para que por fin la cadena se saliese. Centímetro a centímetro fue cediendo. Retrocediendo sobre ese pie que tantos años fue suyo, pero que ya no podía seguir quieto ahí. Que se movía inquieto, intentando echar a andar. Sí, años le tomó a la cadena desprenderse de su querido pie, y dejarlo ir. Entender que ya no podía seguir Ahí. Que ya era hora de que conociera más Allá. Que buscara su lugar.

Pero finalmente lo entendió, y lo soltó. Y él se fue, se fue de Ahí para conocer Allá, y ¿quién sabe? Quizás también un poco más lejos.

Lucía Blomberg, Diciembre de 2009