He llegado a notar, en los últimos tiempos,
cierta condescendencia de mi estomago para con mi estado de animo. Una afinidad
infinita nacida vaya uno a saber en qué convención de mi ser.
Pude observar como la amistad nacía y crecía
conforme los nervios de los últimos días se refugiaban en mis intestinos. Luego
vinieron las tristezas ahogadas en mis vísceras, las alegrías rebotando por las
paredes internas de mi zona abdominal, las vergüenzas hundidas en mi colon.
Me sorprende de mi estómago, que solía ser siempre
tan serio, este repentino ablandamiento. Me pregunto como hizo mi ánimo para
generarle semejante simpatía. ¿Lo habrá enamorado? ¿Enternecido? ¿Divertido?
Conozco que mi ánimo es capaz de las más eficaces manipulaciones emocionales;
no me cabe duda de su talento. Pero hasta el momento mi estómago se había
mantenido imperturbable, con la dignidad que su puesto le otorga. Digno.
¡Digno! ¿A dónde habrá ido a parar esa dignidad? Ahora el más mínimo movimiento
de mi estado de ánimo le causa las más incómodas revoluciones.
Quizás el paso del tiempo lo volvió
vulnerable, susceptible. Quizás sea sólo una etapa, un momento. Pero parece
que, mientras esta unión dure, tendré que aprender a convivir con el desempeño
ineficaz de quien antes fuera un firme trabajador y un gran aliado.