Esta mañana quise recordarte, y ya no fue tan
fácil. Descubrí que, para verte, tengo que hacerlo de cuerpo entero, de lejos.
Intento concentrarme en una parte tuya, tus ojos, tu boca, tu oreja, y ésta
inmediatamente se vuelve borrosa. Podría ser cualquier boca, tu boca.
Conozco el color de tus ojos, pero no lo
recuerdo. Como saber que la capital de Portugal es Lisboa. Si alguien me
preguntara cómo son tus ojos, yo tendría que contestar “Son como Lisboa”; y esa
idea me incomoda. Hago fuerza para recordarte, y noto que sólo puedo hacerlo en
una situación específica. No te recuerdo a vos, te recuerdo a vos en cierto
momento, haciendo cierta cosa, en cierto lugar. Son como fotografías tuyas, las
que tengo en mi cabeza.
Recuerdo que antes te recordaba mejor. De a
poco te fuiste borrando, como un dibujo en lápiz. Yo soy la hoja.
Primero las imágenes, después las sensaciones.
Desaparecen. Pierden fuerza las alegrías unidas a tu cuerpo, se evaporan las
lágrimas con tu nombre. Pronto ya nada tendrá sentido.
Tu recuerdo será para mí, lo que una canción
de Alicia para un analfabeto.
Quizás hasta tenga más ritmo.
La canción de Alicia, digo.