martes, 27 de agosto de 2013

Uno que dure

Detrás del mostrador, un viejito acomodaba cajas, absorto en su tarea. A su espalda, una estantería llena de cajas de todas las formas y colores cubría la pared. Cajas gastadas, con lunares, grandes y pequeñas. De pronto entró en el local un hombre de mediana edad, alto, serio.
El hombre respiró el conocido olor a vainilla y café que inundaba el lugar, y se dirigió inmediatamente al viejo. Antes de que pudiera hablar, el viejo le dijo:
-         Veo que ha tenido problemas otra vez
-         Está destrozado, es incluso peor que la última vez – le contestó el hombre enojado.
-         ¿Cómo puede ser?
-         No lo sé, ya estoy cansado. Es demasiado frágil, se rompe constantemente, se marca con apenas mirarlo.
-         Lo siento, es el que le tocó – le dijo el viejo mirándolo de reojo.
-         Quiero otro
-         ¿Cómo dice? – el viejo levantó la cabeza y lo miró fijamente.
-         Lo que escuchó, que quiero otro. Quédese con éste, arréglelo si quiere, pero yo me llevo otro.
-         ¿Es usted consiente de lo que está diciendo?
-         Soy consciente de que no puedo andar viniendo una, dos ¡o hasta tres veces por mes! Quiero uno que dure. Uno resistente.
El viejo no dijo nada. Se volteó lentamente, y comenzó a sacar algunas cajas de la estantería. Cajas grandes y oscuras. Las abría, miraba el contenido, y las volvía a guardar. El hombre comenzaba a impacientarse, hasta que por fin el viejo acercó a una de las cajas al mostrador, y sacó de ella un corazón plateado y pesado.
-         ¿Este le parece bien?
-         Sí, esto parece lo que estaba buscando – dijo el hombre mientras sostenía el corazón entre sus manos, y lo observaba con atención – Sí, este es perfecto.
-         Le va a resultar más pesado, y más difícil de poner en funcionamiento, pero le aseguro que será casi imposible que se rompa o que se marque.
-         Es lo que necesito – le contestó el hombre, mientras sacaba unos pedazos de cristal de un bolso y los ponía sobre el mostrador – Usted puede quedarse con éste. Si logra arreglarlo, haga lo que quiera con él, es suyo.
El viejo tomó los pedazos que el hombre le ofrecía negando levemente con la cabeza, y suspiró. El hombre guardó su nuevo corazón en el bolso, y se fue. En el mismo momento en que él salía, una joven entraba a la tienda. Apenas se cruzaron las miradas en la puerta.
La joven respiró por primera vez el olor a vainilla y café, se acercó al mostrador, y le susurró algo al viejo.

-         Tengo uno justo para usted, estará listo en unos días. Debe cuidarlo bien, porque es frágil; pero es bello y liviano, y le irá perfecto – le contestó el viejo apenas sonriendo.

miércoles, 24 de julio de 2013

Sensibilidad de tipo estomacal

He llegado a notar, en los últimos tiempos, cierta condescendencia de mi estomago para con mi estado de animo. Una afinidad infinita nacida vaya uno a saber en qué convención de mi ser.
Pude observar como la amistad nacía y crecía conforme los nervios de los últimos días se refugiaban en mis intestinos. Luego vinieron las tristezas ahogadas en mis vísceras, las alegrías rebotando por las paredes internas de mi zona abdominal, las vergüenzas hundidas en mi colon.
Me sorprende de mi estómago, que solía ser siempre tan serio, este repentino ablandamiento. Me pregunto como hizo mi ánimo para generarle semejante simpatía. ¿Lo habrá enamorado? ¿Enternecido? ¿Divertido? Conozco que mi ánimo es capaz de las más eficaces manipulaciones emocionales; no me cabe duda de su talento. Pero hasta el momento mi estómago se había mantenido imperturbable, con la dignidad que su puesto le otorga. Digno. ¡Digno! ¿A dónde habrá ido a parar esa dignidad? Ahora el más mínimo movimiento de mi estado de ánimo le causa las más incómodas revoluciones.

Quizás el paso del tiempo lo volvió vulnerable, susceptible. Quizás sea sólo una etapa, un momento. Pero parece que, mientras esta unión dure, tendré que aprender a convivir con el desempeño ineficaz de quien antes fuera un firme trabajador y un gran aliado.

miércoles, 10 de julio de 2013

El hombre en la ventana

Nunca se sabe cuál, de las millones de imágenes que impactan en el cuerpo a cada segundo, va a lograr traspasar los límites de la piel. Puede que en días, semanas, años, ninguna. El tiempo, la ciudad, los ruidos, impermeabilizan el cuerpo.
Movimiento, constante. Humo. Ruido. Luces. Y entonces, un hombre. En medio de la ciudad, un hombre se asoma a la ventana de un primer piso. Medio cuerpo inclinado hacia afuera. Ajeno a la locura.
Un hombre se asoma y el mundo se detiene; como una fotografía eterna.
Todo lo que está alrededor, el edificio, los autos, la gente; todo cobra una nitidez extraña. Una nitidez gris.
Solo el hombre permanece en colores. Una fotografía que contiene miles, más pequeñas. Un collage de artista de vanguardia. La sonrisa, una mano, cinco dedos.
Como toda una película en un segundo.
Como toda una historia en una mirada.
La imagen entra por los ojos, recorre el cuerpo, y se instala. Se convierte en una de esas imágenes que nos acompañan por siempre, que aparecen de pronto, en cualquier momento. Un hombre se asoma a la ventana, y alivia, alegra, duele.

viernes, 21 de junio de 2013

Al fumador

Ojalá que nunca te alcance pa’ los puchos
Que tengas pa’ la ropa, la comida
Y nada más

Y si en vez de zapatillas
Te comprás un atadito
Ojalá que andes descalzo, sólo, en la ciudá

Ojalá tengas comida caliente en la mesa
Y un fuego brillante
En el hogar

Y sin en vez de las lentejas
Te comprás un atadito
Ojalá mueras de hambre, sólo, en la ciudá

Que mueras bien muerto, sí
Pero con los pulmones limpios


Pa’ que cuando llegue la hora, los puedas donar

miércoles, 19 de junio de 2013

Olvido

Esta mañana quise recordarte, y ya no fue tan fácil. Descubrí que, para verte, tengo que hacerlo de cuerpo entero, de lejos. Intento concentrarme en una parte tuya, tus ojos, tu boca, tu oreja, y ésta inmediatamente se vuelve borrosa. Podría ser cualquier boca, tu boca.
Conozco el color de tus ojos, pero no lo recuerdo. Como saber que la capital de Portugal es Lisboa. Si alguien me preguntara cómo son tus ojos, yo tendría que contestar “Son como Lisboa”; y esa idea me incomoda. Hago fuerza para recordarte, y noto que sólo puedo hacerlo en una situación específica. No te recuerdo a vos, te recuerdo a vos en cierto momento, haciendo cierta cosa, en cierto lugar. Son como fotografías tuyas, las que tengo en mi cabeza.
Recuerdo que antes te recordaba mejor. De a poco te fuiste borrando, como un dibujo en lápiz. Yo soy la hoja.
Primero las imágenes, después las sensaciones. Desaparecen. Pierden fuerza las alegrías unidas a tu cuerpo, se evaporan las lágrimas con tu nombre. Pronto ya nada tendrá sentido.
Tu recuerdo será para mí, lo que una canción de Alicia para un analfabeto.
Quizás hasta tenga más ritmo.

La canción de Alicia, digo.

sábado, 15 de junio de 2013

la letra es ritmo

Sigo, hay que seguir,
una mezcla de disfrute y repulsión
y sigo
y te repulso
repulsivo
repulseado
sensación vomitiva del placer
pero sigo.
Mecánicamente.
Ignoro
no abajo, panza arriba
frío lunar de galletas y Estocolmo
y río, recio, romántico anacronismo
crónicamente inundado
debido
delirio
asqueado
y sigo
Sugiero repulgues engominados
repulsivos vaivenes victoriosos
¡Victoria compañeros!
Victoria a la repulsión infrenable, inquietante
inquilina
Endemoniada verdad verdosa
y verruga
ganas
gomas
garras
y
sigo
sigo
sigo