No tenía hijos. Tenía historias. Miles de historias, millones de historias que llenaban papeles, cuadernos, rincones de su mente, momentos de su vida. Creía firmemente que todo era una historia, que todo contaba una historia. Una pintura, una canción, una frase, incluso una persona. Con su forma de caminar, de hablar, de callar, de pensar, está contando una historia. Su historia. Es sólo cuestión de saber escuchar. Por eso decía que los escritores debían tener buen oído. Por eso iba por el mundo absorto. Nadie lo sabía, pero estaba escuchando.
Sin embargo, las personas que habitaban el mundo por ese entonces, habían perdido hacía mucho la costumbre de escuchar. Él sospechaba que incluso habían perdido la capacidad de hacerlo. Y esa era la razón de que el Escritor pasara desapercibido. Con suerte se lo reconocía como Juan, el empleado del banco, pero del Escritor… ni la sombra.
Los días monótonos de Juan eran sólo recompensados en aquellos pequeños momentos por las noches, cuando dejaba salir a su verdadero yo. Cuando el Escritor hacía su aparición triunfal, y plasmaba las historias, contaba la verdad. Se sentía poderoso sabiendo que tenía el destino de los personajes en sus manos. Podía moldearlos a su gusto, crearles situaciones, decidir literalmente su destino. ¿Triunfo a fracaso? ¿Vida o muerte? Pero ¿muerte siempre significaba fracaso?...
El fracaso parecía ser moneda corriente en su vida. Deseaba más que nada ver sus historias publicadas, ver triunfar al Escritor. Pero jamás lo lograba. Día tras día un nuevo rechazo. Las personas no entendían su idioma, no tenían tiempo para escuchar, y mucho menos para el que escucha. Nada más cierto: el deseo de cualquier escritor es un deseo puramente egoísta y con aspiraciones grandiosas. Desea sobrevivir, desea la inmortalidad. Busca que sus relatos trasciendan todo lo que su cuerpo no puede. Porque, si tus ideas viven, ¿quién podría asegurar que estás muerto? Es por ello que el verdadero escritor daría la vida por sus historias. Justamente porque sabe que no está realmente dando su vida, sino salvándola.
El Escritor dentro de Juan creía esto con la mayor firmeza, no cabe la menor duda. Quizás pasó años meditando sobre su decisión, o quizás simplemente se iluminó un día, y al siguiente lo hizo. Pero lo cierto es que lo hizo. El Escritor salvó su vida, elevó aquella parte de él que más valía, le consiguió un lugar en el mundo a sus historias. ¿Cómo pudo hacerlo siendo ese, como era, un mundo sordo? Los hizo escuchar. Los obligó. Gritó su historia tan fuerte, que ya nadie pudo serle indiferente.
El cuerpo de Juan fue encontrado un miércoles, flotando en la pileta del patio trasero de su casa. Rodeado de velas blancas, casi totalmente consumidas. Sobre el pasto podía leerse, escrito mediante prolijas letras de tela: “Te agradezco lector, que permites que en ti se alojen mis pensamientos y sentimientos. Debido a tu bondad he de sobrevivir”
Los medios por primera vez lo llamaron Escritor. De sus libros se hicieron cualquier cantidad de ediciones, desde simples y baratas, hasta de colección. Todas las ganancias quedaron en manos de algunos parientes lejanos, porque Juan no tenía hijos. Tenía historias, miles de historias, millones de historias. Y su mayor deseo se cumplió con creces. En el momento en que Juan exhalaba su último aire, el Escritor nacía para el éxito y la inmortalidad. El mundo escuchó.
Pero poco a poco, volvió a la normalidad. Volvió a ensordecer. Y Juan fue nuevamente olvidado. No tanto como al principio, ni tan poco como al final. Se lo recuerda en fechas especiales como aniversarios de su muerte, en algunos concursos literarios y quizás en algún pueblito, en boca de algún profesor, o de algún abuelo. Y, cada tanto, alguien recupera su historia. Irónica vuelta del destino: alguien escribe sobre el Escritor.