lunes, 21 de junio de 2010

"Mi vida"

Y en ese momento me llamaste “mi vida”. Y quizás lo hiciste sólo para incomodarme. Pero yo creo que simplemente te salió de adentro. Porque en ese momento ninguno fingía, ya no había necesidad de barreras entre nosotros. Y aunque hubiera habido necesidad, ya no podíamos engañarnos más. Llegamos a conocernos tanto, que ni barreras ni máscaras servían en absoluto. Y por eso, en ese momento me llamaste “mi vida” y era enserio. En ese instante, yo era tu vida. Así como vos eras gran parte de la mía. Y era increíble cómo en tan pocos días prácticamente toda mi atención, toda mi vida, se había volcado en vos. Cómo dependía de cada paso que dabas, de cada palabra que susurrabas, de cada caricia que rozaba mi mejilla. Suave, imposible, irreal, triste.

Me llamaste “mi vida” porque eso era, en ese preciso momento, en ese justo lugar. Fue lo que sentiste, y como ya no había barreras lo dijiste. Y también, creo, para ver cómo respondía yo.

Llegaste y derramaste toda esa angustia, todos esos nervios y ese sentimiento de impotencia que te había acompañado todo el día. Que por fin se iban, cuando me miraste. Y me abrazaste. Y con la cabeza escondida en mi cabello, me llamaste “mi vida”. Esperando una respuesta. Y yo te abracé, y te dije “No te preocupes, estoy acá. Ya estamos juntos” y por ese sólo instante, suave, imposible, irreal, triste, fuiste también “mi vida”

Lucía Blomberg, 21 de junio de 2010.

martes, 15 de junio de 2010

Caperucita Roja, Versionada

Volvió el fuerte leñador a su casa, y su tío le dijo:

- Fuerte leñador, debes llevarle esta canasta con carne al lobo que vive en el bosque, porque se ha enfermado y no puede cazar.

- Por supuesto – contestó el fuerte leñador, solícito.

- Pero debo advertirte dos cosas – agregó el tío, antes de que el leñador saliera de su casa – La primera es que no te desvíes del camino, ya que si la carne pasa mucho tiempo fuera de la heladera, se pudre. Y la segunda es que tengas mucho cuidado, e intentes a toda costa evitar contacto con la abuelita que anda rondando el bosque, mira que parece una anciana inofensiva, pero apenas te distraigas intentará ahogarte con un suéter.

- Dalo por hecho querido tío – contestó el fuerte leñador, y salió de su casa, en dirección al bosque.

En el bosque, el fuerte leñador iba caminando muy contento con su canasta, cuando vio que un poco más allá, desviándose 50 m del camino, había una piña seca. Al fuerte leñador le encantaban las piñas secas por sobre todas las cosas, incluso por sobre los cómics y los pastelitos de membrillo que preparaba su tío. “No está muy lejos del camino, y no perderé mucho tiempo en recogerla” pensó el fuerte leñador. Se acercó a la piña, y la levantó. Estaba por volver al camino, cuando vio que, un poco más allá, había otra piña, y no pudo evitar ir a recogerla también. Y así, a cada piña que recogía, veía otra un poco más allá. Y adivinen dónde ponía las piñas… en la canasta, por supuesto. No quiero ni mencionar el estado en el que estaba quedando la carne para el pobre lobo enfermo. Pero seguramente no estaba peor que cuando el lobo la caza, llena de pelos y otras mugres, así que supongo que no le iría a molestar.

Estaba el fuerte leñador recogiendo piñas en el bosque, ya muy lejos del camino, cuando apareció la abuelita.

- Fuerte leñador, ¿Qué haces en medio del bosque, tan alejado del camino?

- Estoy recogiendo piñas – contestó el fuerte leñador, con cierta desconfianza.

- ¿y qué es ese olor tan nauseabundo que sale de tu canasta?

- Uh! ¡La carne para el lobo enfermo! – exclamó el leñador, que acababa de recordar cuál era el verdadero motivo de su visita al bosque – debía llevarle esta carne al lobo.

- ¿Y el lobo vive muy cerca de aquí? – preguntó la abuelita, interesada.

- Sí, sólo hay que retomar el camino, y cruzar el… - y entonces el fuerte leñador, un poco tarde, se dio cuenta de con quién estaba hablando.

- ¿Cruzar el…?

- No debo hablar contigo, mi tío me dijo que eras mala – aseguró el fuerte leñador.

- ¿Acaso crees que yo podría causar algún daño a un fuerte leñador como tu, o a un lobo? Mírame, no soy más que una pobre abuelita, que preguntaba sólo por curiosidad.

- Agarrás el camino, cruzás el río, tercer árbol a la derecha – informó el leñador, luego de dudar un segundo – pero no irás, ¿verdad?

- Por supuesto que no, yo no podría llegar hasta allí, en el estado en que me encuentro. No sabes, hijo, cuánto me duele la cintura.

Entonces el fuerte leñador se despidió de la abuelita, porque el olor de la canasta le estaba indicando que ya era hora de partir, con urgencia, y volvió al camino.

Cuando llegó por fin a la cueva del lobo, entró, porque las cuevas no tienen puerta para golpear. Dentro se encontraba la abuelita, que quién sabe cómo había llegado ahí primero. Pero el leñador no se dio cuenta, si bien algo sospechó. (Y aquí me gustaría hacer un alto en la historia, porque me parece que están en todo su derecho de preguntarse cómo el fuerte leñador no se dio cuenta que la abuelita no era el lobo. Y es que, si ustedes hacen memoria, recordar que el cuento comienza con, volvió el fuerte leñador a su casa, pues ¿de dónde volvía? Del oculista, porque el fuerte leñador no veía un carajo, y el oculista le estaba preparando unos anteojos, que todavía no le había dado. Además, dentro de la cueva estaba oscuro. Ahora sí, aclarada esta situación, por demás ilógica en otro contexto, proseguimos) Y por eso dijo:

- Lobo, lobo, que arrugado te encuentras.

- Es que me he bañado largo rato, para que me encontraras limpio y oliera mejor – respondió la abuelita con astucia.

- Lobo, lobo, que poco pelo tienes – insistió el fuerte leñador.

- Es que me he afeitado, así puedes saludarme mejor.

- Lobo, lobo, ¿acaso has estado tejiendo? – preguntó el fuerte leñador, que acababa de pisar un tejido a medio terminar, que la abuelita descuidadamente había olvidado tirado en el piso.

- Sí, hijo, porque hace frío, y así podrás abrigarte mejor – exclamó la abuelita al tiempo que saltaba sobre el leñador, e intentaba ponerle un suéter.

Pasaba justo por allí, Caperucita Roja, que era un agente de policía que había puesto el gobierno para que vigilara el bosque, ahora que se había puesto heavy. Le decían Caperucita Roja, porque le uniforme que debía usar era una caperuza roja, y la que tenía le quedaba chica, y con el dinero que le pagaba el gobierno no le alcanzaba para comprar una nueva. Por eso, Caperucita Roja.

El tema es que pasaba por allí, y al escuchar los gritos del fuerte leñador, entró en la cueva para ver que pasaba. Ahí vio a la abuelita tratando de ahogar al fuerte leñador con el suéter, y la agarró y se la llevó presa; salvando así al fuerte leñador (que evidentemente de fuerte sólo tenía el nombre, porque no podía encima siquiera a una pobre abuelita).

Entonces Caperucita Roja y el fuerte leñador se casaron, y vivieron casi felices por dos años y medio, cuando se separaron porque el leñador lo engañó con otro.

Fin

Lucía Blomberg, 12 de junio de 2010