Detrás del mostrador, un viejito acomodaba cajas, absorto en
su tarea. A su espalda, una estantería llena de cajas de todas las formas y
colores cubría la pared. Cajas gastadas, con lunares, grandes y pequeñas. De
pronto entró en el local un hombre de mediana edad, alto, serio.
El hombre respiró el conocido olor a vainilla y café que
inundaba el lugar, y se dirigió inmediatamente al viejo. Antes de que pudiera
hablar, el viejo le dijo:
-
Veo que ha tenido problemas otra vez
-
Está destrozado, es incluso peor que la última vez – le
contestó el hombre enojado.
-
¿Cómo puede ser?
-
No lo sé, ya estoy cansado. Es demasiado frágil, se
rompe constantemente, se marca con apenas mirarlo.
-
Lo siento, es el que le tocó – le dijo el viejo
mirándolo de reojo.
-
Quiero otro
-
¿Cómo dice? – el viejo levantó la cabeza y lo miró
fijamente.
-
Lo que escuchó, que quiero otro. Quédese con éste,
arréglelo si quiere, pero yo me llevo otro.
-
¿Es usted consiente de lo que está diciendo?
-
Soy consciente de que no puedo andar viniendo una, dos ¡o hasta tres veces por mes! Quiero uno que dure. Uno resistente.
El viejo no dijo nada. Se volteó lentamente, y comenzó a
sacar algunas cajas de la estantería. Cajas grandes y oscuras. Las abría,
miraba el contenido, y las volvía a guardar. El hombre comenzaba a impacientarse,
hasta que por fin el viejo acercó a una de las cajas al mostrador, y sacó de
ella un corazón plateado y pesado.
-
¿Este le parece bien?
-
Sí, esto parece lo que estaba buscando – dijo el hombre
mientras sostenía el corazón entre sus manos, y lo observaba con atención – Sí,
este es perfecto.
-
Le va a resultar más pesado, y más difícil de poner en
funcionamiento, pero le aseguro que será casi imposible que se rompa o que se
marque.
-
Es lo que necesito – le contestó el hombre, mientras
sacaba unos pedazos de cristal de un bolso y los ponía sobre el mostrador –
Usted puede quedarse con éste. Si logra arreglarlo, haga lo que quiera con él,
es suyo.
El viejo tomó los pedazos que el hombre le ofrecía negando
levemente con la cabeza, y suspiró. El hombre guardó su nuevo corazón en el
bolso, y se fue. En el mismo momento en que él salía, una joven entraba a la
tienda. Apenas se cruzaron las miradas en la puerta.
La joven respiró por primera vez el olor a vainilla y café,
se acercó al mostrador, y le susurró algo al viejo.
-
Tengo uno justo para usted, estará listo en unos días.
Debe cuidarlo bien, porque es frágil; pero es bello y liviano, y le irá
perfecto – le contestó el viejo apenas sonriendo.