Llega y establece su espacio. Se toma su tiempo, sin apuro, porque el apuro no tiene lugar en su espacio. Observa, respira, absorbe esa parte que de a poco se va volviendo suya. Un círculo que, sin embargo, permanece abierto. Y la gente se acerca, atraída por esa energía que empieza a crecer alrededor del hombre sentado. Ingresan a su círculo y lo llenan también… y esperan. Entonces el hombre habla. Y su voz, que nace desde el centro de su pecho (no solo de su corazón, sino de su pecho, de toda esa zona en donde se guardan los recuerdos más preciados), invade cada rincón, con su sonido de tambor. TOM, TOM, TOM. Las personas cierran los ojos, para sentir mejor esta vibración de palabras ondas, profundas, que se introducen en los cuerpos empezando a generar un ritmo común. TOM, TOM, TOM. La gente se vuelve grupo, un grupo unido por una misma musicalidad de tambores y palabras mezclados. El hombre que tiene el alma en la voz empieza a contar una historia. Y las palabras llenan el lugar y a las personas de voces nuevas, ruidos, olores, colores, que se posan sobre todas las superficies y las pieles, y comienzan a danzar. La voz habla de lugares lejanos, ruidosos. Habla de seres mágicos que pasan desapercibidos en un mercado. Habla de lenguas extrañas que con sólo ser pronunciadas cambian una parte del mundo. Y todos los que escuchan mantienen sus ojos cerrados y pueden ver cada una de las cosas que nombra, que convoca. Empiezan todos a mezclarse entre la gente del mercado, sin que nadie lo note. Recorren, caminan, y guiados por la voz se encuentran todos en un punto, en medio del pasto. Y vuelven a ver a este hombre, cuyas palabras los habían llevado hasta allí. Cuando la voz de la voz comienza a hablar, el suelo de tierra se parte para dar a luz a un árbol inmenso, imponente, verde y ancho, y más viejo que las historias en sí. “El árbol de la palabra”. Es entonces cuando todos abren los ojos y se encuentran de nuevo donde comenzaron, con aquel hombre sentado frente a ellos, tranquilo. El silencio se carga de un pensamiento común a todos viajeros: “Es un genio oculto entre los hombres, un verdadero maestro”. Y de a poco se levantan y se van, hinchados de una vida nueva, de una sabiduría recién adquirida, de un ritmo compartido. Finalmente sólo queda el hombre de la voz de tambor, que sonríe y se levanta también. Y se va caminando despacio, lleno de todo lo que dio.
Lucia Blomberg