Nos reímos. Nos vimos, y no pudimos más que reír. Hablamos todo eso que era serio a la distancia, pero con la felicidad pintada en la boca, en los ojos, en la postura del cuerpo. A veces la alegría tiene la capacidad de vencer. Si bien las cosas no estaban bien si uno lo pensaba razonablemente, no cabía espacio para la razón en ese momento. Lo bueno de la alegría es que siempre cabe; si bien no siempre llega a tiempo. Dedico tiempo a explicar lo que vi en aquellos ojos que admiré tantas veces. Esos ojos que me transmitían todo lo que las palabras no podían, por falta de capacidad, y de lógica. Clavados en los míos, reales, me mostraban todo lo que habíamos vivido, y el alivio que flotaba en el aire desde que por fin nos habíamos encontrado el uno en el otro. Cuando por fin esa sensación de no estar realmente, de flotar sin un lugar o meta fija, se había disipado en un solo abrazo que suponía el único cable a tierra. El futuro estaba en duda, pero el presente era éste. Este innegable alivio, esta inocultable felicidad. Entendí que era sólo un instante, que muy pronto volveríamos a separarnos, y la seriedad recubriría e hincharía todas nuestras diferencias probando qué tan resistente es la burbuja de nuestro amor. Sin embargo ni esa certeza logró borrarme la sonrisa de la cara, porque ni todas las palabras del mundo borrarían esa mirada de mis recuerdos.
me gusta, una vez no-se-quién dijo que esos momentos son por los que vale la pena vivir, es sensación clarísima de que existís en presente, que lo único que importa es lo que está pasando y no hay nada más alrededor. una maravilla =)
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