lunes, 28 de febrero de 2011
El cuerpo en energía
viernes, 25 de febrero de 2011
martes, 22 de febrero de 2011
Pequeñas historias de la gente: "El sur"
Quince palabras, y una mirada. Es todo lo que tengo para empezar esta historia. Y sin embargo no me desaliento, porque soy de los que creen firmemente que una mirada vale más de mil palabras; y ustedes también lo creerían si hubiesen visto esta mirada.
- El jueves me voy a Puerto Madryn
- ¿Por un corto?
- No, a ver a una chica.
¡Ahí! Ahí está la mirada: justo encima de esa sonrisa, medio tímida, medio pícara; justo antes de que bajara la vista, avergonzadamente feliz. Porque juro que si algo vi en esa mirada, fue felicidad. Incontenible felicidad.
Gabriel conoció a Maite hace mucho. ¿Siete? ¿Nueve años? Mucho, dicen los ojos. Mucho, y no sólo en años. Quizás no fuera amor a mi primera vista, porque no estoy segura de que tal cosa exista, pero fue simpatía mutua al instante, sin lugar a dudas.
En seguida nació entre ellos una amistad inquebrantable, incluso por los más de mil Km. que los separaban. ¿Amistad es la palabra? Supongo. Hay tantos tipos de amistades, y sin embargo a todas las llamamos “amistad”. Sí, ellos tenían una amistad. Particular, única como todas las amistades, con sus propias reglas y su propia mecánica. Pero no veo necesidad de enredarnos en explicaciones, o intentos de definir algo tan indefinible, tan sutil, tan proclive a cambios de estado, y a la vez tan fuerte e intenso, como las amistades. Por eso me gusta decir que nació entre ellos una amistad inquebrantable, porque, de hecho, así fue.
Las cartas fueron y vinieron durante uno, dos, tres años. Uniéndolos cada vez más. Permitiéndoles conocerse de a poco, mediante hojas de papel cargadas de ideas, historias, anécdotas, pensamientos, sentimientos, conjeturas, emociones. Un poquito de ellos viajaba una vez por semana, dentro de un sobre, y recorría más de mil Km., para que el otro pudiera encontrarlo entre líneas. Y en una de esas líneas, Maite le contó a Gabriel que estaba empezando a salir con un amigo. Y a él se le vino el mundo abajo. ¿Exageración? No lo se, quizás. Pero exageración a ojos externos nada más, no a ojos enamorados. Porque los enamorados jamás exageran al expresar lo que sienten, si bien lo que sienten podría ser un poco exagerado. Cuando Gabriel leyó “Y ahora estamos saliendo” sintió que se le venía el mundo abajo. ¿Exagerado? Real.
Y no hablaron más. Quizás fuera que algo se había roto en ese ir y venir, al haber un tercero en el medio. Quizás Gabriel decidió, debido a ese dolor sorpresivo, y tal vez un poco inexplicable, dejar de soñar con cosas que no parecían ya posibles; porque sin darse cuenta había construido un mundo, y ahora cuatro palabras lo habían destruido. O quizás fuera ella quien dejara de escribir, inmersa en esa nueva relación que empezaba, y comprendiendo un poco lo que ésta significaba en cuanto a Gabriel. El tema es que ya no se escribieron más. Durante dos años, cada uno siguió su vida adelante, sin tener noticias del otro.
Gabriel comenzó también una relación. Feliz, en apariencia, y sin embargo… sin embargo algo faltaba. ¿Qué me hace asegurarlo? El hecho de que bastara un mail de ella, de Maite, para que todo volviera a comenzar. Para que él arriesgara, e incluso perdiera, su nueva relación. El hecho de que no dudara ni un segundo al momento de elegir. Es increíble cómo, si los sentimientos son verdaderos, no hay tiempo ni distancia que los anule. Suena a frase armada, lo se. Pero es verdad. Habían pasado más de dos años, pero ¿había pasado en realidad tanto tiempo? No parecía que así fuera cuando volvieron a escribirse. Todo volvió en seguida. La confianza, las ideas, la conexión que había entre ellos no se había perdido, había estado ahí siempre, esperando el momento. Y el momento había llegado.
Un año después Maite viajó a Capital. Y se vieron. Y por fin entendieron perfectamente qué pasaba. Por qué a él se le había venido el mundo abajo cuando ella le dijo que salía con otro. Por qué después de dos años sin hablar, ella no había olvidado ni una sola palabra de las que se habían dicho, y no pudo evitar volver a buscarlo.
Se miraron a los ojos y entendieron por fin que estaban hechos el uno para el otro. Destino, para los que así quieran llamarlo. Yo prefiero decirle amor. Amor puro, comprensión entera y recíproca, conexión que ni siete años, ni mil Km. ni personas en el medio, habían podido afectar. Estaba todo ahí, entre ellos. Casi tangible.
Maite volvió a Puerto Madryn y terminó la relación con su novio (ex novio, ya es ex novio). ¿Cómo seguir con algo, habiendo conocido aquello que es infinitas veces mejor?
Y ahora, tiempo después (pero ¿qué es el tiempo para estas dos personas, que esperaron tanto?) Gabriel está a punto de viajar a buscarla. Incluso quizás se quede a vivir allá, ¿quién sabe? Y hasta acá llega mi historia, hasta Gabriel en el aeropuerto, lleno de nervios, emoción, excitación, y tal vez un poco de miedo. Lleno de amor en los ojos, el mismo que me impulsó a escribir su historia, el mismo que me asegura que no hay forma de que esta historia termine mal.
Gabriel se sube al avión, deseando, imaginando (los rulos colorados cayendo sobre los hombros, las graciosas pecas alrededor de la nariz, los intensos ojos verdes, la sonrisa contagiosa), pensando. “Diez años, miles de Km. kilos de cartas, centenares de horas telefónicas, kbytes de mails, metros de rollos de fotos, y ahí estás de nuevo. Mi amor in-posible (o posible por dentro)”
Basado en hechos reales, agradecimiento a Gabriel y Maite!