lunes, 28 de febrero de 2011

El cuerpo en energía

El espacio, el espacio es infinito, y el movimiento libre. El viento va y viene, no como una complicación, sino como parte de. Todo se mueve con amplitud, con energía. Es ese momento un ahora, todo un interminable ahora que no busca sino estar siendo. No hay temor, ni preocupación, ni pensamiento alguno. Sólo un cuerpo, y el viento, jugando en una danza que va más allá de aquello que se ve. Es aquella libertad que se siente al estirarse uno en toda su extención posible, y entonces descubrir que siempre es posible estirarse más, y más, y tocar el mar con la punta del dedo. Y transformar el mar en la punta del dedo, también.
Pero siempre hay algo que, incoherente, inconexo, intenta marcar un límite. Algo que siempre estuvo, pero que en aquella infinidad se siente tan ajeno que casi duele. Tan hiriente que desespera. El cuerpo lo rodea, lo esquiva, lo vuelve a rodear buscando pararlo, sacarlo, destruirlo para que no lo destruya. Y no puede. Y eso sigue ahí, con su ritmo de constante limitación. Con sus golpes al viento y al espacio. Cuando la fuerza del cuerpo se vuelve por fin mayor, y toma aquel límite inventado, y lo envuelve. Y el reloj encuentra el tiempo del cuerpo. Y viento, y cuerpo, y reloj, y mar, son por ese momento una misma energía.

martes, 22 de febrero de 2011

Pequeñas historias de la gente: "El sur"

Quince palabras, y una mirada. Es todo lo que tengo para empezar esta historia. Y sin embargo no me desaliento, porque soy de los que creen firmemente que una mirada vale más de mil palabras; y ustedes también lo creerían si hubiesen visto esta mirada.

- El jueves me voy a Puerto Madryn

- ¿Por un corto?

- No, a ver a una chica.

¡Ahí! Ahí está la mirada: justo encima de esa sonrisa, medio tímida, medio pícara; justo antes de que bajara la vista, avergonzadamente feliz. Porque juro que si algo vi en esa mirada, fue felicidad. Incontenible felicidad.

Gabriel conoció a Maite hace mucho. ¿Siete? ¿Nueve años? Mucho, dicen los ojos. Mucho, y no sólo en años. Quizás no fuera amor a mi primera vista, porque no estoy segura de que tal cosa exista, pero fue simpatía mutua al instante, sin lugar a dudas.

En seguida nació entre ellos una amistad inquebrantable, incluso por los más de mil Km. que los separaban. ¿Amistad es la palabra? Supongo. Hay tantos tipos de amistades, y sin embargo a todas las llamamos “amistad”. Sí, ellos tenían una amistad. Particular, única como todas las amistades, con sus propias reglas y su propia mecánica. Pero no veo necesidad de enredarnos en explicaciones, o intentos de definir algo tan indefinible, tan sutil, tan proclive a cambios de estado, y a la vez tan fuerte e intenso, como las amistades. Por eso me gusta decir que nació entre ellos una amistad inquebrantable, porque, de hecho, así fue.

Las cartas fueron y vinieron durante uno, dos, tres años. Uniéndolos cada vez más. Permitiéndoles conocerse de a poco, mediante hojas de papel cargadas de ideas, historias, anécdotas, pensamientos, sentimientos, conjeturas, emociones. Un poquito de ellos viajaba una vez por semana, dentro de un sobre, y recorría más de mil Km., para que el otro pudiera encontrarlo entre líneas. Y en una de esas líneas, Maite le contó a Gabriel que estaba empezando a salir con un amigo. Y a él se le vino el mundo abajo. ¿Exageración? No lo se, quizás. Pero exageración a ojos externos nada más, no a ojos enamorados. Porque los enamorados jamás exageran al expresar lo que sienten, si bien lo que sienten podría ser un poco exagerado. Cuando Gabriel leyó “Y ahora estamos saliendo” sintió que se le venía el mundo abajo. ¿Exagerado? Real.

Y no hablaron más. Quizás fuera que algo se había roto en ese ir y venir, al haber un tercero en el medio. Quizás Gabriel decidió, debido a ese dolor sorpresivo, y tal vez un poco inexplicable, dejar de soñar con cosas que no parecían ya posibles; porque sin darse cuenta había construido un mundo, y ahora cuatro palabras lo habían destruido. O quizás fuera ella quien dejara de escribir, inmersa en esa nueva relación que empezaba, y comprendiendo un poco lo que ésta significaba en cuanto a Gabriel. El tema es que ya no se escribieron más. Durante dos años, cada uno siguió su vida adelante, sin tener noticias del otro.

Gabriel comenzó también una relación. Feliz, en apariencia, y sin embargo… sin embargo algo faltaba. ¿Qué me hace asegurarlo? El hecho de que bastara un mail de ella, de Maite, para que todo volviera a comenzar. Para que él arriesgara, e incluso perdiera, su nueva relación. El hecho de que no dudara ni un segundo al momento de elegir. Es increíble cómo, si los sentimientos son verdaderos, no hay tiempo ni distancia que los anule. Suena a frase armada, lo se. Pero es verdad. Habían pasado más de dos años, pero ¿había pasado en realidad tanto tiempo? No parecía que así fuera cuando volvieron a escribirse. Todo volvió en seguida. La confianza, las ideas, la conexión que había entre ellos no se había perdido, había estado ahí siempre, esperando el momento. Y el momento había llegado.

Un año después Maite viajó a Capital. Y se vieron. Y por fin entendieron perfectamente qué pasaba. Por qué a él se le había venido el mundo abajo cuando ella le dijo que salía con otro. Por qué después de dos años sin hablar, ella no había olvidado ni una sola palabra de las que se habían dicho, y no pudo evitar volver a buscarlo.

Se miraron a los ojos y entendieron por fin que estaban hechos el uno para el otro. Destino, para los que así quieran llamarlo. Yo prefiero decirle amor. Amor puro, comprensión entera y recíproca, conexión que ni siete años, ni mil Km. ni personas en el medio, habían podido afectar. Estaba todo ahí, entre ellos. Casi tangible.

Maite volvió a Puerto Madryn y terminó la relación con su novio (ex novio, ya es ex novio). ¿Cómo seguir con algo, habiendo conocido aquello que es infinitas veces mejor?

Y ahora, tiempo después (pero ¿qué es el tiempo para estas dos personas, que esperaron tanto?) Gabriel está a punto de viajar a buscarla. Incluso quizás se quede a vivir allá, ¿quién sabe? Y hasta acá llega mi historia, hasta Gabriel en el aeropuerto, lleno de nervios, emoción, excitación, y tal vez un poco de miedo. Lleno de amor en los ojos, el mismo que me impulsó a escribir su historia, el mismo que me asegura que no hay forma de que esta historia termine mal.

Gabriel se sube al avión, deseando, imaginando (los rulos colorados cayendo sobre los hombros, las graciosas pecas alrededor de la nariz, los intensos ojos verdes, la sonrisa contagiosa), pensando. “Diez años, miles de Km. kilos de cartas, centenares de horas telefónicas, kbytes de mails, metros de rollos de fotos, y ahí estás de nuevo. Mi amor in-posible (o posible por dentro)”

Basado en hechos reales, agradecimiento a Gabriel y Maite!

martes, 15 de febrero de 2011

Pequeñas historias de la gente: "La salsa"

Ella revolvía enégicamente mientras él leía el diario. No se hablaban, siquiera se miraban, pero cierta tensión
flotaba en el ambiente. Desde hacía tres meses. Las cosas en la casa había cambiado desde que el bebé había llegado.
La tranquila estructura en la que se basaba el fincionamiento del matrimonio, había sido totalmente destrozada mediante
llantos, gritos, y nuevas exigencias.
Jorge nunca se había llevado muy bien con los niños. Tampoco terriblemente mal. Simplemente no eran nada que le llamaran
demasiado la atención; y quizás por eso no se había sentido muy afectado cuando los resulados de los estudios demostraron
que su esposa no podía tener hijos. Ella, en cambio, sabía que había nacido para dedicarse física, mental, y
emocionalmente a aquellos pequeños seres que requerían su cuidado y amor constantes. Cuando se enteró de que lo que más
deseaba en el mundo le había sido negado, cayó en un profundo pozo de depresión, del cual sólo salió mediante los
muchos cuidados y mimos que le profesó incansablemente su querido esposo, durantes cinco meses. Sin embargo, cierta parte
de su alegría había muerto junto con su mayor ilusión.
Durante diez años vivieron, si bien no parece ser felices la palabra, cómodos en campañía el uno del otro. La rutina les
resultaba agradable a ambos, que nunca habían sentido extrema inclinación por los cambios; y se conocían lo suficiente
como para alviar la sensación de soledad, sin llegar a molestar al otro. Pero entonces ella quedó embarazada. Jorge no
sabía bien si alegrarse, o no, pero la felicidad inmensa de ella terminó por ablandarle las dudas, y se encontró esperando
el nacimiento de este niño, que bien podría ser distinto a los otros, por el sólo hecho de ser SU hijo.
El embarazo pasó sin mayores sobresaltos. Quizás alguien que ya hubiese pasado por esta situación hubiera notado los indicios,
pero Jorge no. Atribuyó los pequeños descuidos de su mujer a alteraciones normales de su estado, y nada dijo al respecto
cuando se encontró por primera vez cocinando la cena porque ella se había olvidado de que él llegaba más temprano los lunes,
o cuando su camisa pasó sucia dos semanas enteras porque ella no tuvo tiempo de lavarla.
Finalmente llegó el día tan esperado. Y cuando, después de unas horas, Jorge se encontró por primera vez a solas con el niño
descubrió que le resultaba tan indiferente como cualquier otro. De hecho, estaba seguro de no ser capaz de reconocerlo entre
los otros bebés del hospital. Y se sintió un padre terrible, y lamentó el momento en que esta nueva obligación había
interrumpido en su tranquila existencia. Sin embargo, su mujer se encontraba radiante. No la había visto tan feliz desde
hacía más de diez años, y decidió esperar a ver si el amor paternal llegaba a surgir en él en los siguientes días.
Desde el momento en que el nuevo integrante de la familia entró a su nuevo hogar, la madre no tuvo ojos ni tiempo más que
para él. Cuando no estaba alimentándolo, estaba arroyándolo para que se durmiera, o simplemente observándolo, admirada de
que algo tan bello hubiera salido de ella. Jorge se vio obligado a preparar su propia comida al menos cuatro veces a la
semana, si no quería morir de inanición. Ya no dormía bien a la noche, por el llanto del bebé, su mujer le prohibió
llevar visitas a a casa, porque ponían al niño nervioso, y cada vez que el intentaba acariciarla, ella lo esquivaba
disimuladamente con alguna excusa.
Así pasaron tres meses, y Jorge no reconocía su propia casa, a su mujer, y menos a su hijo, que crecía rápidamente gracias
a los continuos cuidados de su madre. Un día, desesperado, decidió decirle todo esto a su mujer. Esperaba que, quizás, ella
se diera cuenta de que lo abandonado que lo tenía, y decidiera reparar los daños. Sin embargo, lo único que logró fueron
gritos angustiados, reproches por la poco antención que él ponía en su hijo y la poca ayuda que ofrecía en la casa, y
finalmente la amenaza de ella de marcharse con el niño, si es que él no los quería, como parecía querer decir.
Eso había sido el día anterior. Ese día se habían levantado como si nada hubiera sucedido, y mientras ella revolvía la salsa
él leía el diario. Entonces el bebé comenzó a llorar, y la madre le hizo una seña a Jorge para que se encargar de la salsa,
mientras ella atendía al pequeño. Jorge se levantó resignado y comenzó a revolver. Pensaba en su vida anterior, como si no
fuera él el que la vivía. Tanto había cambiado. Imaginaba cómo sería todo si ese ser nunca hubiera aparecido, porque no
todavía le costaba trabajo creer que el lo había engendrado, que era parte de él.
Entonces algo empezó a oler mal, y ella llegó gritando desesperada. Que había quemado la salsa. Que era un inútil, nunca
había sabido hacer nada bien. Que últimamente no era más que un estorbo. Y que hasta quizás serviría más muerto. El bebé
estalló en llanto nuevamente, asustado por los gritos, y ella corrió rápidamente a consolarlo.
Cuando regresó a la cocina, con el niño en brazos, Jorge ya no estaba. Los esperó durante un tiempo, pero él no volvió.

viernes, 11 de febrero de 2011

Licor de noche

Llega la noche y con su poder de licor de emociones logra aquello que de día no parece
posible. Es como si al resguardo de la capa oscura del cielo, las cosas pudiesen hacerse
o decirse con más facilidad. Genera una sensación de vorágine imparable, casi irreal, que
permite todo bajo la excusa de su veracidad puesta en duda. La noche es un mundo aparte,
distanciado de la sobria y verdadera existencia del día. No es el alcohol, como muchos
piensan, la causa, sino la seguridad de que las palabras se confunden con el ruido de la
gente, de los los hechos se teñirán del tinte del sueño al llegar la mañana. La noche es el
refugio de las palabras susurradas y los abrazos nuevos.

martes, 8 de febrero de 2011

lunes, 7 de febrero de 2011

Hablar con el cuerpo

Me gusta la gente que habla con el cuerpo. Aquellos que no se valen de las palabras para esconderse o alejarse, sino más bien
las utilizan como la música de fondo para su historia de gestos y muecas.
Me gustan las personas cuyos ojos dicen más que sus voces, porque más que una capacidad creo que es una intención.
Estoy segura de que todos podrían hablar con los ojos, si se animaran. Los ojos dejan ver mucho más que las palabras, son
más exactos, y sinceros. Y sobre todo, son incontrolables. Quien se atrave a hablar con los ojos sabe que no puede manejar
lo que dice.
Por eso me gusta esta gente. Porque no tiene miedo de dejarse ver. Porque da todo lo que tiene, a quien desee buscar tras el
brillo o la sonrisa. Porque no tienen secretos con quien sabe mirar.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Aquellos pequeños detalles


Trato de no estar donde no se me espera, y de siempre estar con quienes me hacen bien.

Me gustan los ojos que brillan de alegría y los abrazos sin tiempo.

Intento ser sincera respecto de mis sentimientos, y no subestimar los ajenos.

El olor a eucaliptus me saca todos los problemas de encima.

Busco vivir todo lo que puedo, y arrepentirme lo menos posible.

No me creo linda, pero lo disimulo.

Considero que toda persona es merecedora de una sonrisa, hasta que se demuestre lo contrario.

Admiro a la gente que hace lo que le gusta.

Todavía me sorprenden las burbujas, y me alegran los mimos.

No reprimo las muestras de afecto, aunque tema que no sean bien recibidas.

No me parece que un día pueda ser tan malo que un buen rock and roll no lo pueda mejorar.

Espero que, cuando llegue el momento, pueda decir "muero como viví: feliz"

Siempre digo "te quiero" a la gente que quiero, para que no exista la posibilidad de que algo suceda y nunca se enteren.

Todavía tengo ganas, y creo en la gente.

Siempre encuentro algo más para decir...