lunes, 23 de noviembre de 2009

Para mi primer y único seguidor

Remedio contra la locura
Ya casi no hay lugares en el mundo para los que solían llamarse artistas. Las personas con ideas, con imaginación… No, eso ya no existe. Somos pocos lo que sobrevivimos al siglo XXII y su monotonía. No creo que nadie que lea esto pueda comprenderlo, a menos que pueda contarse entre las escasas filas de pensantes. Porque esa es la palabra justa. ¡Seres que piensan es lo que falta! Aquellos antiguamente llamados locos. Puede que les sorprenda mi emoción, mi exaltación. Puede que hasta le parezca exagerada… seguramente les parecerá exagerada. En ese caso, se les advierte que no tendrá sentido que continúen con la lectura de este desesperado intento de salvación. Ya están perdidos. Para aquellos en cambio, que entiendan mi pesar, que aunque los crea pocos, aún me apoyo en la dulce esperanza de que en alguna parte existan, es que está escrito esto.
No creo que mi mente, o mi cuerpo, puedan soportar más tiempo la triste sobriedad que reina en casi todas las partes del globo. No tengo mayores intenciones de seguir haciéndolo tampoco, si se apela a la sinceridad. No deseo, en manera alguna, convertirme en uno más. No encontraría peor suplicio que el de remediar mi locura. Por eso, una vez habiendo decidido abandonar este mundo estéril, encuentro más que necesario el entregar a aquellos que puedan encontrarse en mi situación actual, cierto consuelo: no todos caímos.
Cuánto daría por regresar al pasado (sí, se que no es una frase para nada original, sé que millones antes han deseado lo mismo, pero así me siento) y explicarle a la persona que causó todo esto las consecuencias de su invención. Algo dentro de mí quiere creer que, de haberlo sabido, el Dr. John Cleeber jamás hubiese sacado a relucir su descubrimiento. Era un científico, un hombre de ideas y pensamiento, y me horrorizo al pensar en cómo se sentiría de saber qué cosas se han logrado con su remedio. El primer remedio para la locura. Quién se imaginaría que podría ser algo distinto de un beneficio, quién podría pensar que iría a convertir a la sociedad entera en un conjunto de nada. De tristeza y monotonía.
Los primeros resultados fueron magníficos, y parecían prometer la solución a la vida de miles de pobres almas perdidas. Pero aquí es cuando surgió lo que inevitablemente surgiría en un caso como este: ¿Quién debe tomar este medicamento? ¿Cómo se decidía a quién suministrárselo, quién representaba una “pobre alma perdida”? Al principio sólo se recurría a este remedio en los casos más extremos de los hospitales mentales. Poco a poco, al ver los excelentes resultados, las personas comenzaron a creer que era una perfecta salida para cualquier familiar con cualquier tipo de anormalidad mental, luego emocional, luego de todo tipo. Para la depresión: el remedio del Dr. Cleeber. Para las dificultades de adaptación social: el remedio del doctor Cleeber. Para ideas extrañas o peligrosas: el remedio del doctor Cleeber.
Y así llegamos al momento de la historia donde me encuentro encerrado, atrapado, ahogado. Todos son perfectamente cuerdos, magníficamente normales, espeluznantemente iguales. La música desapareció casi por completo, al igual que la pintura y gran parte de la literatura. Ya nada nuevo surge, por lo tanto… ¿para qué seguir produciendo más de lo mismo?
Y los pocos que quedamos… los pocos que quedamos huimos. Como podemos, hacia donde podemos. Pero no se puede huir para siempre, no se puede vivir huyendo, ¿verdad? Pero tampoco podemos dejar de huir, porque nos convertiremos en seres vacíos, en nada, y de esta manera es llegado a mi conclusión: no se dejar de huir, no se puede vivir huyendo pero… ¿Qué tal morir huyendo?
Lucía Blomberg, Noviembre del 2009

2 comentarios:

  1. que honor, ser el primer seguidor!
    bueno ya sabes que me gusto mucho el cuento,y para los que no lo sepan, una profesora de lengua del carlos pellegrini le puso un 9 sin estar terminado ;D

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  2. jajaja. Soy genial! pero, shhhhh. Ese lo hiciste vos. Este es otro, increíblemente parecido, pero más largo

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