martes, 29 de marzo de 2011

El enamorado del Arte

El enamorado del arte andaba siempre
con sus versos a la vida a cuestas
dispuesto a verse afectado
por el menor movimiento del viento

Por las tardes y a lo lejos
entre árboles retorcidos de recuerdos
solía sentarse a observar, y respirar
Y temía estar viviendo sólo un sueño

En su cabeza, la poesía y la música
Jugaban a desarmar mil rompecabezas
Y entonces él pasaba horas entre las piezas
hasta que una canción le tomaba el cuerpo

Se asombraba de quienes podían mudar de piel
Sin darse cuenta de que él hacía lo mismo
Sólo que sus pieles eran palabras
Y su escenario se construía a base de acordes

Solía decirme que sobraban algunos años
y faltaban aún más para llegar al sol
Pero sabía que el tiempo no se mide
Cuando se juega sin miedo a perder...se

miércoles, 23 de marzo de 2011

Juan Quiroz Trío - La Farolera

Juan Quiroz Trío

Esta banda es maravillosa, hagánme el favor de chusmear, y atrévanse a negarme después que en realidad fue un favor que se hicieron a ustedes mismos:
Todavía tienen poco dando vueltas por internet, pero estoy en plan de remediarlo...

domingo, 20 de marzo de 2011

Experimento musical


Experimento muscial: La música y su importancia en los estados de ánimo.

Miro, y siento. Muchas de las cosas empiezan por mirar y sentir. El día está tranquilo. Corre una brisa suave, que contrasta con el viento feroz que arrasaba con todo horas antes. No pienso, porque estoy demasiado ocupada mirando. Entonces aparece la música.
La primera canción vuelve todo un poco más vivo, parece darle un propósito a estar ahí, a que las otras cosas estén ahí también, da la sensación de todo sucede por algo. Genera una razón, una motivación.
La segunda canción, con su ritmo suave y melancólico, destruye todo el sentimiento anterior, dando lugar a la trsiteza.
A una trsiteza disfrutable, sin embargo. Al goce del sufrimiento. Toda la iniciativa anterior se torna en ganas de sentarse a llorar suavemente por las hojas que se llevó el viento, y por aquellas que resistieron en el árbol, pero sin compañía.
La tercera... la tercera rejuvenece el mundo. Hace vibrar cada ser sobre la tierra, las cosas se mueven a su ritmo.
Rock and roll alegando que tal vez haya una razón, pero que lo importante no es conocerla, que es ciero que hay cosas tristes, pero que por cada una de ellas hay diez cosas alegres que esperan que las descubramos. Rock and roll incitando a salir a vivir e inventar por qué suceden las cosas, y a cambiarlas si no nos gustan.
Se apaga la música.
El día está tranquilo, corre una brisa suave.

Lucía Blomberg, 2 de febrero de 2011

domingo, 13 de marzo de 2011

Hace mucho que no aparece Juan Anónimo... ¿Qué será de él?

jueves, 10 de marzo de 2011

Paseo

Parecía que iba a llover, pero igual salí. Se escondía en mí la intención de que, para cuando se largara, ya estuviera demasiado lejos como para volver seca. La idea era simplemente caminar, pero sabía que mis piernas me llevarían automáticamente al lugar que más me pertenecía.

No me sorprendí demasiado cuando sentí el olor a eucaliptus invadiendo sutilmente mis pulmones. Me puse el reloj. Tenía el tiempo contado, y me regodeaba tortuosamente en la decepcionante seguridad de que no me alcanzaría. Una hora y media restantes. Caminaba despacio. Recorrí aquellos espacios conocidos, preguntándome si algo de los momentos vividos habría quedado impregnado en el tronco en el que me senté, en la tierra que pisé, en las copas de los árboles que me cobijaron; así como había quedado impregnado en mí. En el lugar en el que el el mundo se detiene, comenzó a llover. Pocas gotas, gruesas, se filtraban por entre las ramas.

Despacio salí del pasado, y seguí caminando. Los pasos lentos intentaban hacerme creer que el tiempo iba al mismo ritmo. Pasé frente a una casa. Un anciano rebalsaba por los costados de un banquito diminuto, mientras le decía a un hombre a su lado: “Acá vivía un capitán que era de la realeza portuguesa”.

Llegué a la locura de lo visible, de la vida puesta en venta. La gente todo lo observaba, lo medía. Los ruidos de platos y cubiertos se juntaban con los gritos de los espectáculos callejeros. Un hombre golpeaba una caja en medio de la peatonal. Los turistas admiraban lo más feo de la ciudad. Todavía tenía una hora. Nada. Empecé a caminar rápido, sin querer detenerme a observar. No me di cuenta, hasta que llegué, de que me estaba dirigiendo a la parte más atiborrada. No se bien por qué lo hice, sospecho que pretendía ganar minutos. Como si tardar más significara tener más tiempo. Sólo me detuve frente a la librería. Miré los libros por un rato, pero algo no se sentía bien. El olor a empanada frita era más fuerte que el olor a libro, y el continuo ruido de la calle no me permitía concentrarme en más de dos palabras seguidas. Empezó a sonar Sabina, en un negocio cercano. Me alejé antes de que terminara la canción.

Quedaba media hora. “Te lo dije” se burlaba mi parte más morbosa. Caminé. Llegué a la plaza, y entré en la feria. En menos de tres puestos salí. De todos, los cuerpos turísticos no me dejaban ver nada. Me acerqué a un espectáculo que estaba por comenzar, y lo reconocí como la razón de mi alegría el día anterior. Decidí quedarme para comprobar si esta vez surtía el mismo efecto.

En seguida quedé prendada de las bolas de cristal que flotaban, asiladas del mundo que las rodeaba, ajenas a la locura externa e incluso a la gravedad. La música conocida me hacía sentir segura. Alrededor flotaban burbujas que llenaban el aire con su extraño colorido, similar a un arcoiris redondo y frágil. Tomaban distintas formas, se encerraban unas en otras, se unían y se separaban. Me saqué el reloj. Ya no existía el tiempo, o no importaba.

domingo, 6 de marzo de 2011

El cuidador de la Luna

Era ella su amor único
Sólo a ella miraba, y por ella vivía.
Siempre la había amado, y por las
noches la sostenía entre sus manos
con caricias de abrigo de miel.
Era su trabajo cuidarla.
Estaban solos ellos, el uno con el otro.
Y él nunca había podido decirle
cuánto la amaba
cuánto significaba ella en su mundo
cuánto
y por eso sus lágrimas de plata
todas las noches acompañaban
su silencio de amor y dolor
y la rodeaban
a ella.
La rozaban sin tocarla
La deseaban.
Y tanto lloró
tanto
Que de su amor nació una flor
Que se alojó en la punta
de su nariz
buscando estar de Ella
lo más cerca posible
Y fue así que
ella
entendió