martes, 29 de marzo de 2011
El enamorado del Arte
miércoles, 23 de marzo de 2011
Juan Quiroz Trío
domingo, 20 de marzo de 2011
Experimento musical
jueves, 10 de marzo de 2011
Paseo
Parecía que iba a llover, pero igual salí. Se escondía en mí la intención de que, para cuando se largara, ya estuviera demasiado lejos como para volver seca. La idea era simplemente caminar, pero sabía que mis piernas me llevarían automáticamente al lugar que más me pertenecía.
No me sorprendí demasiado cuando sentí el olor a eucaliptus invadiendo sutilmente mis pulmones. Me puse el reloj. Tenía el tiempo contado, y me regodeaba tortuosamente en la decepcionante seguridad de que no me alcanzaría. Una hora y media restantes. Caminaba despacio. Recorrí aquellos espacios conocidos, preguntándome si algo de los momentos vividos habría quedado impregnado en el tronco en el que me senté, en la tierra que pisé, en las copas de los árboles que me cobijaron; así como había quedado impregnado en mí. En el lugar en el que el el mundo se detiene, comenzó a llover. Pocas gotas, gruesas, se filtraban por entre las ramas.
Despacio salí del pasado, y seguí caminando. Los pasos lentos intentaban hacerme creer que el tiempo iba al mismo ritmo. Pasé frente a una casa. Un anciano rebalsaba por los costados de un banquito diminuto, mientras le decía a un hombre a su lado: “Acá vivía un capitán que era de la realeza portuguesa”.
Llegué a la locura de lo visible, de la vida puesta en venta. La gente todo lo observaba, lo medía. Los ruidos de platos y cubiertos se juntaban con los gritos de los espectáculos callejeros. Un hombre golpeaba una caja en medio de la peatonal. Los turistas admiraban lo más feo de la ciudad. Todavía tenía una hora. Nada. Empecé a caminar rápido, sin querer detenerme a observar. No me di cuenta, hasta que llegué, de que me estaba dirigiendo a la parte más atiborrada. No se bien por qué lo hice, sospecho que pretendía ganar minutos. Como si tardar más significara tener más tiempo. Sólo me detuve frente a la librería. Miré los libros por un rato, pero algo no se sentía bien. El olor a empanada frita era más fuerte que el olor a libro, y el continuo ruido de la calle no me permitía concentrarme en más de dos palabras seguidas. Empezó a sonar Sabina, en un negocio cercano. Me alejé antes de que terminara la canción.
Quedaba media hora. “Te lo dije” se burlaba mi parte más morbosa. Caminé. Llegué a la plaza, y entré en la feria. En menos de tres puestos salí. De todos, los cuerpos turísticos no me dejaban ver nada. Me acerqué a un espectáculo que estaba por comenzar, y lo reconocí como la razón de mi alegría el día anterior. Decidí quedarme para comprobar si esta vez surtía el mismo efecto.
En seguida quedé prendada de las bolas de cristal que flotaban, asiladas del mundo que las rodeaba, ajenas a la locura externa e incluso a la gravedad. La música conocida me hacía sentir segura. Alrededor flotaban burbujas que llenaban el aire con su extraño colorido, similar a un arcoiris redondo y frágil. Tomaban distintas formas, se encerraban unas en otras, se unían y se separaban. Me saqué el reloj. Ya no existía el tiempo, o no importaba.