lunes, 31 de enero de 2011

La noche


Voy, y me siento a mirar. Siempre es feliz la oportunidad en la que uno puede, simplemente, sentarse y mirar. Sin sentir que debería estar en otra parte, sin sentir que podría estar haciendo algo mejor; tan sólo sentado, mirando. Tratando de descubrir algo más del mundo, o que el mundo descubra algo más de mí, o quizás descubrirme, yo, en el mundo.
La noche recién comienza a asomar su nariz a los vientos de la ciudad, cuando surgen las primeras burbujas. Esos planetas de colores, que encierran un misterio diferente, una razón distinta, un sentimiento nuevo; que se libera cuando ya está listo para enfrentarse con la vida. Es entonces cuando la burbuja revienta, sin dejar rastros visibles, pero dando lugar a más de lo que los maravillados espectadores pueden imaginar.
Sin embargo, no todas las cosas que las burbujas encierran están listas para el mundo (más bien, el mundo no está listo para ellas). Y entonces las pequeñas guardianas ascienden sigilosamente, sin sufrir ningún daño, hasta más allá de donde alcanza la vista. Puedo jurar que se transforman en estrellas, puesto que antes no había y ahora comienzan a poblar la tela azul oscuro del cielo.
Al momento, un pequeño cofre se abre y de él se ven salir unas esferas de cristal, a la vez reales y efímeras. Son el espejo del mundo. Un espejo que parece querer contradecir la maldad del hombre y la destrucción de la tierra, mostrando lo más bello que tenemos. Ellas reflejan sonrisas, mientras juegan a ser dos ojos sinceros, una caricia en la noche, la cara de un mimo.
Imperceptiblemente, una de estas esferas comienza a alejarse. Recorre el mundo flotando, y reúne en su viaje todas las risas que encuentra. Las grandes, las pequeñas, las tímidas, las carcajadas descontroladas, las pícaras, las contenidas. Es ahí cuando, gorda de felicidad, esta esfera se posiciona en el cielo, junto con las burbujas-estrellas. Es la luna.
La noche está completa.

jueves, 27 de enero de 2011

Poniendo a prueba la inventiva de mis comentaristas

Una vez leí una frase que me gustó mucho, y me quedó rondando la masa espesa y extraña que conforman mis pensamientos. "Tengo una respuesta, ¿quién tiene una pregunta?"
Y Hoy, se me ocurrió que hacer con ella...
Ahora yo les digo: Tengo una respuesta, ¿quién tiene una pregunta?. Lo más bello de esto, es que uno puede preguntar sin temor a cuál será la respuesta, porque ya la conocen. Nunca les pasó que, una vez habiendo escuchado la respuesta, quisieron haber preguntado otra cosa? Bueno, ahora les ahorro ese feo momento.
Pregunten aquello a lo que se le pueda responder: Un poco más, a cada segundo que pasa...

lunes, 24 de enero de 2011

Pequeñas historias de la gente II


El negro

Tenía la piel negra como la de la pantera, de ahí su nombre: Nahiir. Había nacido oscuro como la noche sin estrellas que lo había recibido, pero ahora sentía que en aquella callejuela sucia y maloliente, tan diferente de su aldea, estaba perdiendo todo su colorido.

Había aprendido a darles a los extranjeros lo que estaban esperando, y dejó de enseñar su cultura y costumbres, reemplazándolas por un típico disfráz de indio con plumas, y extrañas historias inventadas. De la curiosidad de la gente que pasaba vivía, a duras penas, Nahiir. Por las noches la calle se tornaba en el más denigrante de los espéctaculos, sin embargo él ya se había acostumbrado. El bar de la esquina habría sus puertas, y una mujer aparecía en la entrada. No era, ya, joven, pero detrás del excesivo maquillaje y de las inocultables arrugas se adivinaba que había sido una mujer hermosa en otros tiempos. Sus piernas eran largas al punto de parecer anormales, y su cabellera rubia daba idea de paja seca. A ella la seguían dos hombres, más anchos que largos y que recordaban incómodamente a gorilas encerrados en un zoológico. Su sóla presencia dejaba en claro qué le sucedida a aquellos que se atrevieran a causar disturbios.

Dentro, una docena de chicas escuálidas encajadas en vestidos llamativos y baratos, entrenían a los hombres de dinero que apostaban grandes cantidades. Cuando estos hombres se cansaban de perder, elegían una muchacha y se metían en una de las muchas habitaciones del sugundo piso. Los ruidos de lujuria y alcohol se escuchaban a tres cuadras a la redonda, y llenaban la noche entera.

Nahiir se acurrucaba contra una pared, y se dormía entre risas y gritos. La noche ya no era oscura, porque las luces lo inundaban todo. Quizás por eso su piel se estaba aclarando, pensaba con una mezcla de tristeza y resignación.

viernes, 21 de enero de 2011

Pequeñas historias de la gente (basado en hechos reales)


El ladrón.

No estaba muy seguro. Tantas cosas podían salir mal. Pero muchos antes que él lo habían hecho, la mayoría en realidad. Mucho más chicos, incluso. Sentía vergüenza… y hambre. Vio a la chica que se acercaba, absorta en sus pensamientos, y supo que era su oportunidad. Se obligó a hacerlo, como había visto que otros lo hacían.

Temblaba cuando habló. Temblaba de miedo, y de nervios. Y también de bronca por sentir miedo y nervios.

- Dame todo, rápido – miró a ambos lados para asegurarse de que nadie se daba cuenta de lo que estaba pasando.

- ¿Qué? – preguntó la chica desconsertada.

- Que me des todo, rápido – le repitió cada vez más nervioso. Esta pelotuda no entendía nada. Si tardaba más alguien se iba a dar cuenta. ¿Y si llegaba a gritar? ¿Y se se acercaba la cana? – Rápido, rápido,dame el celular o saco un cuchillo y te mato. – no supo bien por qué inventó eso. Quería que se apurara, que se asustara y no hiciera nada.

- Bueno, bueno, tomá – le dijo ella sin entender mucho todavía, y sacando de su bolso un celular viejo y roto.

- Eh… - dijo el aturdido. Esto no es lo que esperaba. Las cosas no estaban saliendo bien. Eso no le servía para un carajo. La puta madre, para qué se había metido en esto. – No, no, chau – dijo al fin – perdón amiga – y vio en los ojos de la chica que le tenía lástima. Todo había salido mal. No tenía que dar lástima, tenía que dar miedo.

Sintió bronca, y vergüenza mientras se alejaba rápidamente de esa calle… y hambre.

miércoles, 19 de enero de 2011

Protegerte del mundo


A veces siento temor por la dulzura de tus ojos. Temo que la amargura de los hombres tristes le quite su sabor.

Quisiera poder protegerte de la rudeza del dinero, o la crudeza de la gente sin magia.

Sopeso la posibilidad de construirte un hermosa y frágil caja de cristal, de esas que combinan con tu alma, y llenarla de luz por la mañana, y de besos por la noche.

Quisiera que nunca te toparas con injusticias, o que jamás nadie te use y te abandone.

Escribiría los más bellos cuentos, con magos, estrellas, viajes, y finales felices; y te los contaría antes de que te fueras a dormir, así solo tendrías sueños bonitos.

Quisiera lograr que las cosas siempre salgan como querés, que nunca te lastimes o decepciones.

Llenaría tu habitación de rosas, pero antes les quitaría las espinas.

Me enfrentaría a la muerte, y le diría que no tiene permitido aparecer cerca tuyo.

Pero entonces me doy cuenta de que estaría privándote de lo más hermoso: vivir.

Vivir con sus mejores, y sus peores momentos. Tropezar y levantarse, y llorar un poco también.

Y descubro que lo mejor que puedo hacer es reír a tu lado.

Abrazarte cuando algo haya salido mal

Y prometerte que nunca, nunca vas a estar solo.

lunes, 17 de enero de 2011

Déjame que te cuente una historia

Déjame que te cuente una historia…

Y que por un tiempo, el tiempo no sea lo más importante.

Déjame que te tome de la mano, y corramos juntos por todo el mundo

Hasta lugares a donde las preocupaciones no pueden llegar.

Déjame que cambie el centro de tu ser y que, sólo por un rato,

Te aleje de lo único que te mantiene atado: tú.

Déjame que te muestre todas las realidades que podrías vivir

Si te animas.

miércoles, 12 de enero de 2011

La razón

Creen que la razón se oculta

Tras un velo de palabras dulces

E intentan torpemente descubrirla

No respetan la no razón del ser

Y quieren razonar la vida

Del que vivió como una noche de tormenta

Nos aseguran que es imposible

Seguir así, y yo me pregunto

Si realmente existe un así

Lógicas escondidas vagan errando

Por los caminos de alguna razón

Cuando toma posesión del cuerpo el instinto

Nadie entiende que entender

No comprende razonar y que

Basta con la razón de una sonrisa

No es la naturaleza del hombre

Sino la esperanza del animal que

Se abre paso por caminos improvisados

Lucía Blomberg 28 de noviembre de 2010

jueves, 6 de enero de 2011

Puede que sus piernas sean pequeñas,
pero su amor definitivamente no lo es...

domingo, 2 de enero de 2011

Una vuelta entera

Se disfraza de algo nuevo, parece ser algo distinto. Y sin embargo ya es viejo, muy viejo. Es por eso quizás, que parece nuevo. Es tan viejo que ya dio la vuelta entera, y acá está de nuevo, otra vez. Siento que vamos empezar de cero, pero si miro cuidadosamente, si estoy realmente atenta, me doy cuenta de que viene cargado de una vuelta entera, que estamos empezando de aquella base que no desapareció con el tiempo, como yo solía creer.

Duró tan poco aquella vez, que el cuerpo lo olvidó con facilidad, y la mente lo delegó a las profundidades oscuras de sus recuerdos lejanos. Sin embargo existió, y eso vuelve ahora. Se nota que no es como empezar de nuevo, para nada. Pero la sensación, la sensación había sido tan cruelmente olvidada que hoy cobra la misma fuerza de aquella primera vez.

Si bien tengo algo de miedo, se que pude hacerlo antes. Y algo en mí quiere creer que si pude hace años, podré de nuevo (o de viejo) ahora. Y esa confienza, si bien es poca y endeble, logra que arranque con una sonrisa y temblando, con miedo a chocarme contra una pared que me desmuestre que ya no es como antes; que antes podía, sí, pero que ya no es lo mismo. Quizás olvidé cómo frenar a tiempo. Siempre tuve problemas para frenar a tiempo. Pero ya estoy en marcha, y no hay tiempo ara preocuparme. Llegado el momento intentaré frenar, o el golpe me enseñará la lección olvidada. Mientras tanto disfruto de la nueva (pero con gustito a conocido) sensación. Estoy de vuelta en el juego, sólo queda jugar, de nuevo.

Aprendí a andar en bicicleta a los ocho años. Anduve desde los ocho hasta los nueve, y no volví a tocar una bicicleta hasta los 17.

Llegó el año nuevo, otra vez.

Un gusto conocerte, una vez más.

Lucía Blomberg, 2 de enero de 2010